jueves, 31 de enero de 2013

El Bolsón - Cajón del Azul

By Sole
Enero 2011


Nos levantamos a las 8, con el sol que entraba por la ventana.
A las 8:45 ya estábamos desayunando, con todo preparado para salir. Ese día teníamos planeado ir al Cajón del Río Azul. Siii!!! El mismo río de todos los días anteriores.
Estaba la posibilidad de ir en colectivo, pero los horarios no nos resultaron muy convenientes, así que a las 9:15 tomamos un remis hacia “Wharton”.
Durante el desayuno ya habíamos visto que el cielo se iba cubriendo de nubes que venían del oeste. Ya en Wharton el cielo estaba totalmente cubierto y había bastante viento. No nos quedaba mucho tiempo en El Bolsón, así que no podíamos desaprovechar el día.
A las 9:45 empezamos a bajar hacia el río Azul por un camino de ripio para 4x4. A pocos metros de comenzar la caminata tuvimos que esquivar otro dogo blanco, asesino, como el que casi nos comió días atrás.
Pasada la pesadilla canina, esta vez sin riesgo de vida, comienzo a sentir que caía agua, “está chispeando”, le digo a Seba… a los minutos ya lloviznaba copiosamente, y nos tuvimos que poner las camperas Powder sobre la primera capa; guardamos la segunda capa en las mochilas.
Al llegar al río, nos paramos bajo el ciprés, que terminó siendo "el ciprés de las malas decisiones" y esperamos para ver si escampaba. Ahí nos preguntamos "seguimos???", "volvemos???", "seguirá lloviendo???", "será sólo una nube pasajera???". Cuando paró un poquito decidimos avanzar, tal vez paraba definitivamente... tal vez no. Tuvimos que esquivar unos aspersores que estaban funcionando a pesar de la lluvia.



Llegamos a la confluencia entre el río Azul y el arroyo Blanco. Cruzamos la primera pasarela (la que cuelga sobre el arroyo Blanco) más cortita con tablones transversales y algunos longitudinales en buen estado (salvo un trozo de conglomerado que reemplazaba a algunas tablas longitudinales). Primer puente del día superado, no fue tan traumático como el que tuvimos que cruzar camino al refugio Hielo Azul.
A unos 100 metros, nos encontramos con la 2º pasarela, sobre el río Azul. Esta era terrorífica!!!! Tenía unos 30 metros de largo, sólo con tablones transversales y unos cuantos estaban rotos!!! Seba cruzó primero. Luego vino mi turno, respirar hondo, tomar coraje… Manos agarradas al pasamano de alambre, un paso, otro paso, que nunca los dos pies quedaran sobre la misma tablita. “menos mal que no llueve, no quisiera cruzar esto con lluvia” fue lo que dije.




Encaramos el sendero caminando por ripio, un camino por donde habitualmente circulaban 4x4 y caballos, con muchas piedras sueltas en el ascenso. Luego de caminar unos cientos de metros, nos sentamos bajo un ciprés para ver si continuábamos: lloviznaba bastante. Vimos pasar tres personas a caballo que iba hacia arriba. Seguimos.
Al rato pasamos por el mirador y Seba apostó $100 con el aire (nadie se hizo cargo de la apuesta) a que iba a seguir lloviendo.
Cuando paramos de subir, nos fuimos metiendo en un bosque de coihues, altos. Por la presencia de los árboles no se sentía tanto el agua. El camino continuó muy ondulante, con subidas y bajadas. Si bien no íbamos ascendiendo mucho en altura, si estaba el esfuerzo de ir en ascenso, y tener el cuidado de no caer en las pendientes.
A las 10:40 cruzamos un arroyito por un puentecito de troncos, y posteriormente pasamos por la cabaña y corrales abandonados. Volvimos a la intemperie, el camino comenzó a acercarse al río Azul, y el terreno se fue haciendo más plano.
Cada tanto nos cruzamos con personas que venían cargadas con sus mochilas, carpas y demás bártulos. Todos en sentido contrario al que íbamos nosotros.
Pasamos por el camping “La Playita”. Descendimos hacia la playa. En esta había una cabaña (administración del camping) donde vendían “Homemade bread and beer” según anunciaba un cartel; desde el interior nos saludó un muchacho que nos preguntó si queríamos pasar. Le contestamos “no, gracias, vamos a seguir caminando”. Como continuaba lloviendo solo nos acercamos un poco a la orilla, sacamos unas fotos y seguimos.



Avanzamos por camino más plano, pasamos el vado, y vimos a la derecha un puente colgante que iba hacia La Tronconada, un camping. Por suerte, no lo tuvimos que cruzar.
Se venía la parte difícil… en el camino aparecieron piedras, había que treparlas si queríamos llegar al cajón. Con mi gran habilidad tuve que sortear este obstáculo. Había sectores con piedras y alguna escalerita de tronco para partes casi imposibles de subir, con el precipicio en la espalda. Realmente no sé como hacía la gente para subir esto cargada con las grandes mochilas, y no perder el equilibrio en el intento. Exigía una gran complejidad técnica, aunque según Seba era sencillo. Cuando pasamos al día siguiente por el Club Andino, un empleado le estaba comentando a la gente que quería hacer el trekking, de esa parte del trayecto era “tan dificultosa y peligrosa”.
Un poco más de caminata entre tronquitos de árboles caídos y llegamos al cajón del Azul. Este cajón es una zona estrecha entre macizos rocosos por donde pasa el río, unos 40 metros abajo. Ahí el color del agua se tornaba azul-nafta, diferente a lo que veníamos viendo río abajo, donde formaba piletones intercalados con sectores con correntadas.



Una vez que cruzamos el cajón por una pasarela de troncos, 4 longitudinales de suelo, con un pasamanos también de troncos, llegamos a una roca más resguardada de la lluvia donde nos hidratamos y comimos un alfajor Terrabusi de chocolate. Ya eran las 12:55.
Estaba la opción de seguir hasta el refugio de Atilio, pero como continuaba lloviendo decidimos emprender el regreso. Ya llevábamos un par de horas de lluvia, y cuanto más tiempo pasara mas resbaladizo iba a estar el suelo. A las 13:00 hs partimos.
De nuevo tuvimos que enfrentarnos a las fatídicas piedras, esta vez en sentido inverso. Algunas las bajé sentada embarrándome un poco la cola; no me tiré como en un tobogán, sino que fue un punto más de apoyo en algunas circunstancias. Seba las paso sin ningún problema demostrando su gran habilidad de escalada.
En medio de la lluvia nos cruzamos con un grupo de aventureros, o tal vez de locos, del que enamó el comentario: “vamos a tener que dormir adentro”. Qué ganas de ir a pasar la noche a un lugar lleno de barro y bajo la lluvia!!!
Continuaba lloviendo; por la cantidad de agua caída el terreno se estaba tornando resbaladizo, barroso, efecto que se hacía más evidente en las bajadas. Subidas, bajadas, pasarelas, todo de nuevo. A esta altura ya teníamos toda la ropa mojada, y las zapatillas embarradas al igual que los pantalones.
En el camino pasamos al lado de un grupo de 3 individuos, uno con un sombrero de paja que estaba fumando marihuana, un olor muy común en El Bolsón.
Las nubes estaban cada vez más bajas, un poco por encima de nuestras cabezas. Al llegar al mirador ya no se veía el paisaje con tanta claridad como en la ida, las nubes seguían descendiendo.
El resto del camino en bajada fue muy complicado por el barro, pegamos algunos resbalones pero logramos mantener el equilibrio sin caer.
Prontamente llegamos al puente, pasarela de las tablitas rotas, donde tuvimos que esperar que unas 10 personas la cruzaran. Increíble, en el medio de la montaña teniendo que hacer fila!!!
La pesadilla se hizo realidad!!! Tenía que cruzar el puentecito con lluvia!!! Lo atravesamos bajo la intensa agua que caía del cielo mientras se balanceaba levemente y se inclinaba hacia uno de los lados, cosa que se percibía más en la región central del mismo. Luego cruzamos la otra pasarela sin problemas; tras haber cruzado las otras, esta era fácil.
Volvimos a la orilla del río, los regadores continuaban funcionando!
La subida en el barro fue bastante cansadora, dado que la hicimos en forma continua sin detenernos a descansar.
Llegamos a las 15:30 a lo de Wharton, tardando unas 2 hs y media para volver. El famoso Wharton era una casita- kiosko de madera con una barra, una salamandra y una cocina al fondo. Un hombre atendía la caja y dispensaba algunos productos (galletitas, golosina), y una mujer preparaba las infusiones, las tortas fritas y el pan casero en la cocina. Llegamos empapados a este lugar.
Me saqué la campera, chorreando agua, que había impedido que me mojara la remera que llevaba debajo. Seba no tuvo tanta suerte y parte de un hombro y región adyacente de la espalda se encontraban mojadas. En iguales condiciones se encontraba parte del contenido de las mochilas; la segunda capa que habíamos guardado ahí estaba húmeda.
El hombre, Wharton desde ahora, desde su puesto indicó: “qué las mujeres se acerquen a la estufa que esta calentita”. Había unas 6 o 7 personas más en iguales o peores condiciones, empapados de pies a cabeza. Enseguida salieron varios tés, cafés, mate cocidos, se agotaron las tortas fritas y panes. Nos tomamos un té caliente. Tenía las manos tan frías, que el solo hecho de tocar la taza me provocaba dolor, era como tocar algo hirviendo. Tenían una coloración blanco-rosada, con los dedos hinchados que impedía sacarme anillos.
Warthon nos pidió un remis, tenía algún convenio con la misma empresa que nos había llevado a la mañana, afuera del local había un cartel que decía “pida aquí su remis”. De hecho, por la falta de señal de celular en la zona, era la única forma de conseguir transporte. El próximo colectivo que volvía a El Bolsón, pasaba dentro de 2 horas. Los 20 minutos que esperamos el coche permanecimos al lado de la salamandra tratando de recuperar la temperatura corporal.
Dentro del auto nos pusimos los buzos, el mío casi seco, el de Seba más húmedo. En el recorrido de regreso vimos que las nubes estaban cada vez más bajas, ya no se lograba divisar la loma del medio.
Pasadas las 16 hs llegamos a la hostería. Ahí tuvimos una merecida ducha caliente, con mate, fruta, alfajor y chocolate en la cama viendo el Inter, va, Seba viendo el Inter.
La habitación era un desastre, había ropa mojada esparcida por todo el piso, que debía tener loza radiante porque había sectores calentitos.
Fuimos a cenar temprano a la cervecería El Bolsón. Pedimos ½ pizza caprese, papas fritas que chorreaban aceite y estaban un poco pálidas (habían olvidado escurrirlas en papel), un chop de cerveza de frambuesa para  Sole, y una negra ahumada y una rubia para Seba ($85).
Nos fuimos a dormir temprano.

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