domingo, 27 de enero de 2013

Esquel - Laguna La Zeta y la Trochita.

By Sole
Enero 2011


Seguimos la rutina de las mañanas previas, levantarnos y desayunar.
Previo a iniciar el itinerario del día, pasamos por el supermercado a comprar agua mineral y caramelos. Con las cantimploras llenas, y mochilas es la espalda, iniciamos la caminata hacia la laguna La Zeta. El primer día cuando pasamos por la oficina de turismo nos habían informado que había un sendero que partía de la ciudad, subía por el cerro y llegaba a la laguna.
Fuimos por la avenida Fontana, alejándonos de la zona céntrica, donde las calles iban perdiendo pavimento al mismo tiempo que desaparecían las veredas. No era justamente la zona más linda de la ciudad, a medida que íbamos subiendo las casas iban siendo más precarias, con más animales y más suciedad. Finalmente hallamos un cartel, que se leía parcialmente, ya que había perdido la mitad de las letras probablemente por los avatares del clima. Era el cartel que hacía referencia al inicio del “sendero” hacia la Laguna La Zeta.
El sendero estaba muy mal señalizado, con partes más planas y otras en ascenso, bastante feo. Nos topamos con un par de ramificaciones, eligiendo azarosamente nuestro camino. Terminamos en el camino de ripio para autos, que era otra de las opciones para ascender. Continuamos por éste, esquivando bosta de vaca y de caballo. En un sector se veían vacas sueltas a menos de 50 metros que afortunadamente no eran sociables y se quedaron donde estaban. En unos metros del camino, el terreno era ondulante con subidas y bajadas aparentemente preparadas para motocross. No tengo registro de cuanto tiempo nos llevaron esos 5 km.
Llegamos a la laguna la Zeta, justo en ese momento había 2 personas con un auto, que en pocos minutos se fueron. Había un muellecito con una especie de templete en el extremo que estaba sobre la laguna, con los pilotes en el agua. El resto de la laguna estaba rodeada de vegetación haciendo casi imposible el acceso a la misma. Nos quedamos solos; aprovechamos para sacar unas fotos, y sentarnos a comer una barrita de cereal.



Volvimos por el camino de ripio, pero esta vez lo seguimos hasta el final. Había bastante polvo, dado que hacía varios días que no llovía. El descenso fue más rápido con Seba inventando canciones bajo los rayos del sol, deteniéndonos un par de veces para sacar fotos panorámicas de la ciudad.



Nuestro siguiente destino era la Trochita, el “Viejo Expreso Patagónico”. Teníamos tickets ($80 argentinos, $160 extranjeros), que habíamos sacado el día anterior. El tren partía a la 14 hs, con asientos numerados. Como llegamos con una hora de anticipación, sacamos varias fotos a la formación, que aun se encontraba vacía. Comimos unas galletitas y agua, era la hora del almuerzo y no había tiempo para comer otra cosa. Rápidamente se hizo el horario de salir.
Nos toco un vagón de primera clase, con asientos mullidos, y un poquito más espaciosos que los de clase económica que eran de madera. Es azaroso el vagón que se le asigna a uno a la hora de comprar el pasaje, el precio de ambos es el mismo.
Cada vagón del tren, que actualmente se utiliza con fines turísticos, tenía un guía que hablaba sobre la historia y características del mismo. Inicialmente conectaba Esquel con la localidad de Ingeniero Jacobacci en Río Negro (402 km). En ese momento era un medio de transporte de pasajeros y mercancías (alimentos, ropa, etc). Según contaba, los viajes eran largos, de muchas horas, donde en los meses fríos las familias se reunían alrededor de las salamandras ubicadas en el centro de los coches, donde cantaban al compás de las guitarras, y varios hasta cocinaban. En algunos trayectos la velocidad era tan lenta, que la gente podía bajar del tren, caminar un poco al lado del mismo y luego volver a subir.
Ahora solo se hacen 2 trayectos, El Maitén- Desvío Bruno Thomae- El Maitén (excursiones que parte de El Bolsón) o Esquel- Nahuel Pan- Esquel.
Nosotros salimos desde Esquel, con destino a la estación Nahuel Pan, a 20 km. Desde las vías teníamos una vista diferente, al principio de la ciudad y luego de la estepa patagónica. Dentro de la ciudad, había casas que daban directamente a las vías del tren; del otro lado tuvimos una vista panorámica del cementerio, rodeado de pinos, que era bastante grande por la cantidad de habitantes que tiene la ciudad; seguramente había más muertos que vivos.
Posteriormente más estepa, montañas a lo lejos, el cerro Nahuel Pan (en mapuche tiene un significado, nahuel: tigre, puma, pan: hijo o descendiente). Tras una hora de viaje, llegamos a la estación Nahuel Pan. Era un pueblo fantasma, que solo tenía vida 2 veces al día, cuando llegaba el tren. En este lugar, el tren permanecía una hora, tiempo en el que la locomotora era cambiaba al otro extremo del tren, circulando por una vía accesoria.
Había puestos de artesanos, “La Casa de las Artesanas”, donde vendían bufandas, gorros, medias, sweaters tejidos por gente de la zona. En las puertas de 2 casas vendían tortas fritas en una y bebidas en la otra. También estaba la posibilidad de visitar el Museo de Culturas Originarias (Tehuelche-Mapuche) donde no entramos, era super pequeño y la entrada costaba $5. Presenciamos una imagen que representaba a la obesidad presente y futura. Una familia, padre obeso, madre con sobrepeso, seguramente pisando el límite de obesidad con niño con sobrepeso. El hombre desparramado sobre una piedra con una torta frita en una mano y una gaseosa regular en la otra. Una imagen que decía más que mil palabras.
Cuando estábamos ahí nos dimos cuenta cuanto nos habíamos quemado a la mañana. Teníamos las piernas (la parte que quedaba libre entre shorts y medias) coloradas al igual que los brazos, donde no nos habíamos puesto protector solar. Apenas había habido una resolana, pero eso fue suficiente para quemarnos.
Acercándose la hora de partir, todos volvimos a nuestros lugares. Como a la ida habíamos viajado de espalda, regresamos de frente. De igual manera los artesanos levantaron sus puestos y se subieron a sus autos y se fueron. Las 2 casitas cerraron sus puertas. La vida del lugar se acabó…



El viaje estuvo animado por una serie de personajes. Pasó una chica anunciando los servicios del vagón comedor donde servían café, té, chocolate y tortas, el fotógrafo (que ofrecía sacar fotos en la locomotora, color, sepia o blanco y negro), una señora que cantaba canciones en mapuche y tocaba el “cultrum”, un instrumento de percusión de igual origen (uno podía comprarle el cd de $25 o hacer una contribución a la gorra), la vendedora de libros sobre el tren ($30), etc. Entre una cosa y otra, la hora de regreso transcurrió rápidamente. A las 16:45 ya estábamos en la estación Esquel.

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