sábado, 17 de noviembre de 2018

Checklist Santorini: caminar por Oia

By Sole

Luego de una entretenida mañana caminando entre villas y rocas volcánicas llegamos a Oia, una de las zonas más concurridas de Santorini, ubicada en el extremo norte de la isla. No hay guía o página web orientada al turismo que no recomiende recorrer sus callejuelas o sentarse a ver el atardecer desde ahí.

A medida que nos acercamos, y con el hambre esperable de la 1 del mediodía, comenzamos a pensar qué íbamos a comer. Se nos hacía agua la boca al imaginar una ensalada griega con tomatitos bien rojos bañada en aceite de oliva o una buena porción de pescado grillado. ¡Ojalá encontrásemos lugar libre!

Como había pasado en las otras villas, a medida que nos acercamos a su centro fue aumentando la cantidad de casas, aunque no tanto la cantidad de turistas que se contaban con los dedos de las manos. Los que sí abundaban eran albañiles y pintores en plena faena. Parecíamos un par de invitados que habían llegado antes de hora a la fiesta encontrando a los anfitriones en medio de los preparativos.

El camino nos llevó hacia una calle peatonal de relucientes lajas rectangulares de diferentes tamaños, símil mármol con vetas grises, que formaban un gran puzzle. Se trataba de la calle principal, bordeada de un lado por negocios –en ese momento todos cerrados-, y una muralla de material que no llegaba al medio metro de altura, interrumpida por las entradas de las casas y locales que miraban al mar. Salvo por alguna fachada aislada de piedra, todo el resto era blanco.



Esa tranquilidad de la que gozan los lugares poco concurridos en este caso tenía un inconveniente: al no haber turistas no había necesidad de tener restaurantes abiertos. Tras recorrer el área céntrica y ver que casi todos estaban cerrados, la imagen de la ensalada y la pesca de día comenzó a desdibujarse… hasta que divisamos uno abierto!

Mientras nos acercábamos vimos que tenía un cartel con caracteres chinos y que en el interior había sólo dos personas. En broma le dije a Seba “deben ser los dueños jugando a las cartas”. Dicho y hecho, cuando llegamos a la puerta había una pareja de orientales con naipes en las manos. Viendo la falta de comensales y la limitada oferta de platos -expresados en inglés y chino en la carta, pero no en griego- dimos media vuelta, encontrándonos un par de cuadras después con su antítesis: un resto con una carta más tentadora pero colmado de chinos donde no cabía ni una mosca. Todos los turistas de Santorini estaban ahí adentro!

En vista de la situación, las delicias griegas fueron postergadas para la cena, y compramos unos grisines cubiertos de semillas en la única panadería que cruzamos abierta. Dueños y amos de la calle principal, nos sentamos en un escalón a degustar el discreto, pero sabroso y crocante almuerzo mirando al Egeo.



Con los rugidos del estómago silenciados, y la idea clara de que íbamos a volver en bus, nos pusimos en marcha. El plan era caminar disfrutando de lo más lindo de Oia: sus callecitas y sus casas blancas. 

Durante un buen rato deambulamos sin rumbo por las callejuelas empedradas casi desiertas. Las había planas y también con pendientes que en algunos casos incluían escalones. Algunas se metían como raíces en el interior de la villa, mientras que otras se expandían como ramas que buscan la luz hacia la costa regalándonos imágenes de postales: casas excavadas y/o construidas de forma escalonada en el acantilado con patios aterrazados, intercaladas por capillas con cúpulas redondeadas y molinos como los de Don Quijote. Si bien predominaba el blanco, al mirar en detalle se identificaban paredes transgresoras pintadas de amarillo, rosa o salmón, o bien recubiertas en piedra. Muchas medianeras y techos eran curvilíneos recordando las formas de las cuevas. El lugar es tan fotogénico que hasta el más inexperto con un simple celular puede dar vida a verdaderas obras de arte.






Esquivamos una procesión de burros de carga, algunos perros callejeros echados en el suelo que ni siquiera nos miraron y muchos gatos que parecían ser las mascotas de todos y de nadie a la vez: durante la temporada baja donde no hay turistas que los alimenten, los propios lugareños y algunas fundaciones se ocupan de mantener varios recipientes en las calles llenos de alimento balanceado.



Pasamos junto al colegio que tenía sus puertas de madera azules cerradas y el gran patio de desierto recordándonos que ese día era el feriado de carnaval, Apokries. John, nuestro host de Airbnb, nos había contado que en esa festividad era frecuente encontrar niños remontando barriletes y familias haciendo pic nics. Aunque no vimos cometas en el cielo, ni vimos espacios verdes con mantelitos cuadrille y canastas de mimbre repletas de sandwiches y frutas, sí pasamos junto al patio de una casa donde había una familia reunida comiendo. Apenas separado de la senda por una pared de menos de un metro estaba la mesa con las ollas, bandejas y asaderas llenas de comida y la gente con plato en mano sirviéndose su almuerzo tardío –ya eran más las 3 de la tarde-. Por respeto a su privacidad, aunque estaban comiendo prácticamente en el espacio público, no sacamos fotos.

Viendo que faltaba poco para el siguiente micro que iba hacia Fira nos acercamos al estacionamiento de la villa donde estaba la parada. La poca gente que habíamos cruzado en los alrededores (y mucha que no) estaba ahí esperando el bus que llegó con una admirable puntualidad. Minutos después estábamos transitando a gran velocidad la zigzagueante carretera que discurría por el interior de la isla. Antes de lo esperando y casi con sorpresa escuchamos al chofer anunciar a viva voz “FIRA!!!”: habíamos llegado. Evidentemente había tomado un camino diferente al que esperábamos.

Parada en Oia

Sin planearlo terminamos en el centro de Fira. Lo primero que vimos fue la catedral, un edificio inmaculadamente blanco con una torre circular rodeada de galerías con arcadas. En la vereda de enfrente encontramos varios locales de souvenirs donde compramos un magnet para la heladera.

Souvenirs para todos los gustos

Enfilamos luego hacia el inicio del sendero Fira-Oia para hacer el tramo Fira-Firostefani que nos iba a llevar al estudio. En ese sector del trayecto, no puedo asegurar que estuviésemos en “la senda” o en una calle paralela, encontramos una pequeña muestra de la verdadera Santorini que contrastaba con la escenografías montadas para el turismo que habíamos recorrido hasta entonces. Las callejuelas empedradas pasaban junto a casas sencillas con pequeños jardines con flores y árboles de cítricos llenos de frutos, ropa tendida y gatos bien alimentados. Unas cuadras después tomamos el desvío hacia el departamento donde nos esperaban unos merecidos mates en el balcón viendo el mar.

Esa noche íbamos a tener la revancha en Simos, la taberna que el día anterior estaba cerrada por ser domingo. Ni bien entramos al salón tuvimos la sensación que estábamos en el patio de una casa: junto a una de las paredes laterales había un ficus con ramas que se extendían paralelas al techo como los hacen las parras, de las que colgaban lamparitas. Completaban la escena varias mesas cuadradas de madera con manteles a cuadros. Sólo faltaba que entrase la abuela con una gran fuente de comida. Con ganas de comer algo típico y caliente pedimos musaka –una especie de lasaña de berenjena y carne picada- y atún grillado. Confirmamos en esa cena lo que habíamos imaginado en los preparativos del viaje: en Grecia se come muy bien!



Tips:
  • Si piensan tomar bus para moverse entre las villas de la isla visiten la web de la empresa de buses (https://www.ktel-santorini.gr/index.php/en/), consulten los precios y bajen el pdf con la timeable actualizada. De Oia a Fira (Febrero 2018) pagamos 1,8 euros por persona; pagamos directamente arriba del micro. Ojo que las tablas de horarios que están en las paradas pueden estar desactualizadas! Los horarios de los buses que tomamos coincidieron con el pdf que habíamos bajado de Internet y no con los que estaban pegados en las paredes.


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domingo, 11 de noviembre de 2018

Checklist Santorini: recorrer el sendero Fira-Oia

By Sole

19 de febrero de 2018

Con pronóstico de lluvia para los próximos días, esa mañana nublada y fresca prometía ser la mejor para recorrer el sendero más popular de la isla: Fira- Oia. Este camino va desde la capital hasta el extremo norte, pasando en esos 9 km por Firostefani e Imerovigli.

Aclaro que esto no es una descripción técnica del camino porque no es mi objetivo, simplemente voy a limitarme a escribir lo que recuerdo y considero digno de contar.

A pesar que la senda pasaba justo a la vuelta del departamento, tuvimos que bajar y subir tantos escalones para encontrarla que ya habíamos entrado en calor cuando vimos el cartel que la identificaba. Al nivel de Firostefani, que fue donde la tomamos, esta era una angosta calle peatonal rodeada de casas de una planta con porches, rejas y mosaicos en las paredes, y pequeñas capillas con sus cúpulas redondeadas celestes. A cada paso encontrábamos algo que llamaba la atención, si nos hubiésemos detenido a sacar todas las fotos que queríamos aún estaríamos caminando por ahí…

Iniciando la caminata

Siendo las 9 de mañana, éramos los únicos caminantes en esa villa turística fantasma: no solo no había gente, sino que las diminutas casas, varias devenidas en hospedajes turísticos, cafés y restaurantes a juzgar por los carteles, estaban cerradas.

Terminado el pueblo, el camino se transformaba en un largo pasillo bordeado por paredes bajas de piedra, que al no tener mayor atractivo atravesamos rápidamente.

A los pocos minutos reaparecieron las casas anunciando que estábamos entrando en Imerovigli. Más allá de las pintorescas construcciones, el mayor atractivo de esa villa es Skaros, una gran formación rocosa que se adentra en el mar y se eleva haciéndose visible a la distancia Esta península, gracias a su posición estratégica, albergó en el pasado todo un pueblo.

Aunque había una bifurcación hacia Skaros, llegar a ella no fue tarea fácil… de repente nos encontramos con una brecha de 2 metros en el camino que no pudimos franquear. Siendo temporada baja, se estaban haciendo obras de mantenimiento tanto en el sendero como en las casas. Sin exagerar, esa mañana cruzamos más obreros de la construcción que turistas.

Buscando una vía alternativa nos topamos con una puerta abierta junto a un cartel que advertía: “PRIVATE PROPERTY, The Owners decline liability in case of any accident”. Como del otro lado del muro se veía una iglesia, que a diferencia del resto era completamente blanca salvo por las tres campanas oscuras que colgaban de su torre campanario, entramos. Si bien no encontramos lo que buscábamos, descubrimos que el patio de Agios Georgios era un excelente lugar para sacar fotos panorámicas del caserío de Iveromigli y de Skaros.



Entre foto y foto vimos que había un par de personas caminando en el promontorio rocoso… tenía que haber una forma de llegar. Desde ahí mismo analizamos metro a metro la ladera hasta encontrar un posible camino: una escalera que bajaba desde el otro extremo de la villa. Volviendo varios metros sobre nuestros pasos, retomamos el camino principal hasta encontrar ese desvío.

En la bajada fuimos pasando junto a diminutas terrazas vacías, casas completamente cerradas y un par de habitaciones de una hostería, con tan poca privacidad que a través de sus ventanas abiertas se veía hasta el baño; esto último nos hizo dudar si estábamos en un camino público o no. No obstante, seguimos adelante por la extensa escalinata descendente que luego de varios minutos nos condujo a la senda rústica que se adentraba en la gran roca.

Bajando hacia Skaros

Cuenta la historia que en la parte superior de Skaros estaba el Castillo Alto o Epano Kastro, una ciudadela fortificada construida en el siglo XIII, que se conectaba con el resto de la isla por un puente de madera móvil que al elevarlo impedía el ingreso de invasores.
Posteriormente, en el siglo XVII, se construyó otro casillo, el bajo o Kato Kastro, a lo que siguió la urbanización de sus alrededores reutilizando las piedras del antiguo castillo. Cuando los pobladores vieron que las condiciones de vida no eran las mejores en un lugar tan pequeño y que el ataque piratas ya no era un riesgo, de a poco se mudaron hacia Fira, la nueva capital de la isla, quedando Skaros deshabitado a fines del siglo XVIII.

El tiempo, los terremotos y el olvido hicieron que hoy apenas sobrevivan unas pequeñas cercas de piedras y bloques de paredes esparcidos de manera errática; el único registro de estas edificaciones es un dibujo en lápiz de Thomas Hope que está en el museo Benaki de Atenas. 

Skaros según Thomas Hope

Desde las ruinas partía una senda que bajaba por el acantilado hacia una capilla, y varios surcos en el terreno ascendentes que conducían al casquete donde estaba el antiguo castillo. Mientras girábamos en 360° viendo qué camino tomar comprendimos que los mejor que tenía Skaros no era la vista panorámica de todo el sendero que estábamos recorriendo. Parados de espalda al mar teníamos  de frente a Imerovigli, hacia la derecha Firostefani, y más allá Fira, y hacia la izquierda la caldera y Oia. Era muy fácil identificar las villas como los acúmulos de construcciones, en su mayoría blancas, emplazadas en la parte alta de la costa como parches de nieves eternas en la cordillera.

Capillita frente al mar

Imerovigli

Firostefani- Fira

Caldera- Oia

Como aún teníamos varios kilómetros por delante reanudamos la marcha subiendo cada uno de los cientos de escalones que habíamos bajado para llegar hasta ahí. Con la respiración acelerada y acalorados retomamos al camino principal que a ese nivel no estaba bien demarcado, siendo muy fácil desviarse por otras callejuelas peatonales. Mientras tuviésemos claro hacia dónde estaba el norte no había razón para seguirlo al pie de la letra, lo peor que podía pasar era terminar en una bifurcación sin salida y tener que regresar unos metros hacia atrás.

Una calle nos llevó a otra y de a poco, la cantidad de casas fue disminuyendo hasta que prácticamente desaparecieron. Habíamos abandonado Imeroviglia ingresando en la rústica caldera, la pared escarpada que se hunde en el mar formada en la erupción volcánica que dio a la isla su geografía actual. 

No habiendo analizado en detalle todo el trayecto, pensaba que era un sendero prácticamente urbano que conectaba varias villas. Cuando el suelo de lajas y/o alisado de cemento fue reemplazado por piedras volcánicas de distinto tamaño y grado de asentamiento, me di cuenta que estaba equivocada, y que nuestro outfit de trekking era el más adecuado. Durante varios minutos caminamos con cuidado, viendo dónde pisábamos para no resbalarnos y caer al mar azul profundo que teníamos a la izquierda.*



* Posteriormente, vimos en Google Maps, que varios metros más arriba había otra senda en mejores condiciones que salía junto a la iglesia Profitis Ilias. Es uno de las pocas bifurcaciones a la que se le debería prestar atención si alguien va con chicos, o quiere resignar las vistas costeras por un camino más regular y seguro.

Nos habíamos detenido tantas veces que era el mediodía y aún teníamos un par de kilómetros por delante. El plan original de volver caminando, viendo todo el paisaje con otra luz y desde una perspectiva diferente, comenzaba a tambalear. Al llegar a Oia tomaríamos la decisión final.

En un momento el camino desapareció y la única opción fue avanzar unos cientos de metros por la banquina de la ruta que a ese nivel se torcía hacia el oeste. La vía peatonal reapareció en la parte superior y plana de la caldera con una superficie más regular desapareciendo la sensación de que con cualquier tropiezo íbamos a rodar hacia el abismo. Más relajados, enfocamos la atención en las pequeñas piedras negras, coloradas, violetas y blancas de los alrededores, y en la vista panorámica del resto de la isla. Como si se tratase de una imagen satelital nos entretuvimos viendo el centro llano de la isla con algunas casas aisladas, y un gran mosaico formando por parcelas de tierra de diferentes tonalidades de verde y marrón. Un poco más allá, hacia el sudeste, se distinguía la pista del aeropuerto y esbozos de las villas costeras.


Retomando el sendero

Analizando las piedritas

Panorámica del centro de la isla

Como si se tratase de una vía de peregrinación religiosa, a lo largo del camino pasamos junto a muchas iglesias. Si bien en líneas generales eran pequeñas, con paredes blancas sin ornamentaciones, campanarios, y cúpulas azuladas, cada una tenía alguna peculiaridad que la diferenciaba. Por ejemplo, en este punto del camino, tras un leve ascenso llegamos a un promontorio coronado por una capilla con fachada color salmón y puerta roja, colores que la hacían única. Desde su atrio divisamos a lo lejos la villa donde terminaba el camino.


Oia desde la iglesia

Con el entusiasmo que genera tener la meta a la vista, descendimos por un terreno cubierto de hierbas rastreras que crecían entre las piedras oscuras volcánicas. Sobre estas se asoleaban varias lagartijas, aprovechando los tímidos rayos de sol que filtraban entre las nubes que nos habían acompañado todo el camino.



Cuando el reloj marcó la una del mediodía nos adentramos en las callecitas peatonales de Oia. Habíamos recorrido poco más de 8 kilómetros de la costa oeste de la medialuna de Santorini, pasando por sus villas más importantes y zonas menos exploradas, y disfrutando del silencio, vistas panorámicas de la isla y del mar azul profundo del Egeo.

Llegamos!


Comentarios:
  • Según los carteles el recorrido Fira-Oia (sin ir a Skaros) se puede hacer en 3 horas. Nosotros saliendo desde Firostefani, pero haciendo varias paradas para fotos y desviándonos a Skaros -previa búsqueda del desvío- tardamos 4 horas.


Tips:
  • Llevar agua, protector solar y gorro porque en general el camino es bastante abierto. 
  • Llevar zapatillas de trekking o deportivas con una buena puntera porque los sectores que están entre las villas suelen ser pedregosos.


sábado, 20 de octubre de 2018

Checklist Santorini: Atardecer en Santorini

By Sole

Luego de infinitas horas de viaje estábamos en el primer destino: Santorini!

Cuando nuestro host abrió la puerta del balcón terraza del estudio todo el esfuerzo de subir la larga escalinata fue recompensado con una vista panorámica: al frente las islas Nea Kameni y Palea Kameni asomando de un calmo mar gris, y hacia abajo y los costados las fotogénicas edificaciones blancas curvilíneas de Firostefani.

Firostefani desde el balcón

Parados frente a la baranda, con el sol brillando sobre el mar, John nos explicó que Santorini adquirió la forma actual de medialuna luego de una gran erupción volcánica hace más de 3000 años. La isla quedó parcialmente enterrada, incluyendo los pobladores, subsistiendo solo el territorio oriental. Nosotros estábamos en la caldera vacía del volcán y las islitas de enfrente eran producto de ese evento.

Dadas todas las explicaciones y sugerencias, John nos dejó su número de Whatsapp y se despidió. Acomodamos un poco las cosas y fuimos a buscar provisiones al mini super. Ese domingo y el día siguiente muchos de los lugares iba a estar cerrados por la finalización de “apokries”, el carnaval griego.

Esta festividad originada en la antigua Grecia, relacionada con el culto a Dionisio, comienza diez semanas antes de la Pascua y, luego de tres semanas, finaliza con el inicio de la cuaresma. Justo habíamos llegado el domingo de la tercera semana y el día siguiente era el Lunes de Purificación; ambos días son feriados y según nos dijo nuestro anfitrión las familias suelen salir a hacer pic nics y remontar barriletes. Como en otras culturas se ve el sincretismo en el que conviven los dioses del Olimpo con la religión católica ortodoxa.

Con el sol, parcialmente oculto por las nubes, en plena retirada y una suave y fría brisa de mar como escenario, nos sentamos con el mate en el balcón a esperar el gran espectáculo. Dentro del top five de actividad para hacer en Santorini está: “Ver el atardecer en Oia”, lo que sería el extremo norte de la isla. Como nos gusta ir en contra de las masas, la adaptamos a: “Ver el atardecer desde el balcón”. El disco solar fue descendiendo tiñendo el cielo de de una amplia gama de naranjas que asomaban entre el gris de las nubes. Con su desaparición la temperatura bajó bruscamente como si se hubiese apagado la llamarada de un brasero.

Merienda en el balcón

Atardecer desde el balcón

Con esa ansiedad que caracteriza al recién llegado que tiene todo por descubrir, nos abrigamos y fuimos hacia Fira. Con una fracción de luna como fuente de luz, tomamos el camino costero que iba por el medio de la caldera. Desolación, es la palabra que mejor lo describe. En el kilómetro que caminamos no nos cruzamos con otro ser vivo, y gran parte de las edificaciones junto a las que pasamos parecían deshabitadas. Si Santorini “es la isla del Egeo donde hay actividad todo el año” no me quiero imaginar lo será el resto.

Al llegar a Fira, la imagen tampoco era la que esperábamos de la capital de la isla. Apenas había un local de souvenirs y dos puestos de comida al paso abiertos con algunos comensales. Con todo cerrado y a media luz, sin mucho para ver tomamos 25 Martiou, la calle vehicular que iba hacia Firostefani. Esta tampoco tenía más vida que el camino costero: cero peatones, sólo algunos autos que nos obligaron a replegarnos y caminar en fila india por las diminutas veredas y banquinas.

Cuando llegamos a la taberna en la que pensábamos cenar la encontramos cerrada. El plan A quedaba truncado, había que ir por el plan B: regresar unos 100 metros hasta un restaurante por el que acabábamos de pasar. El plan C hubiese sido ir a comer una ensalada al departamento…

En pocos minutos estábamos analizando la carta de Kokkalo Fagopotelian, ocupando la última mesa que estaba disponible pese a que ni siquiera eran las 8 de la noche. Su ecléctica decoración combinaba objetos modernos como luminarias hechas con caños de plástico coronados con lámparas multifilamento de las que no alumbran nada, con otros más tradicionales como aparadores de madera, una larga mesa llena de alimentos y baldosas calcáreas típicas de casas viejas en el piso, que generaban la sensación de que en cualquier momento iba a aparecer la abuela griega trayendo un delicioso plato casero.

Como estábamos con frío fuimos directo a los platos calentitos. Mientras me quejaba de la gente fumando en el interior del local (una clara transgresión a la prohibición vigente), nos trajeron un par de tomatitos cherry, aceitunas negras y 2 shots de raki, un licor a base de anís de alto contenido alcohólico que tanto los griegos como los turcos se lo atribuyen como propio; era tan fuerte que ni Seba lo pudo terminar! Luego de una larga espera llegó el risotto vegetariano griego, un arroz con salsa de tomate y queso feta que le quedaba grande el nombre de “risotto”, y la suprema con salsa de queso gruyere con arroz a la manteca. Pura aspiración como la ambientación…



Sin darle chance a los postres volvimos al studio a comer el Mantecol que habíamos llevado desde Buenos Aires. Considerando que está basado en una receta griega, fue lo más griego de la noche!

Habiendo tachado la primera actividad de la lista, "Ver el atardecer", nos fuimos a dormir. Llevábamos un par de días sin una buena noche de sueño. 

sábado, 13 de octubre de 2018

La odisea de llegar a Santorini

By Sole

Buenos Aires, 16 de febrero 2018

Con las expectativas y ansiedad que acompaña el inicio de cada viaje apagamos las computadoras del trabajo, agarramos las valijas y nos fuimos a Ezeiza.

Unos minutos antes de las 12 de la noche despegamos en el avión de Turkish hacia a San Pablo donde hicimos la primera escala. Un par de horas después, y con el pasaje parcialmente renovado, continuamos viaje hacia Estambul.

Una vez más nos enfrentamos al cruce de varios husos horarios y la desorientación consecuente. Dormimos, miramos películas y entre todo eso comimos, comimos y comimos. Justamente la comida es una de las cosas que más contribuye a la desorientación temporal… Partimos de San Pablo a las 5:00 de la mañana (04:00 de la Argentina), y al rato recibimos un suculento desayuno con frutas, quesos, un omelette, pan y manteca. Después siguieron los sándwiches, y poco antes de aterrizar, ya no sé qué hora era, llegó la cena con ensaladas, estofado de ternera con arroz y vegetales, y una porción de torta. Luego de haber hecho los últimos viajes largos con American y LAN, el servicio a bordo de Turkish fue la gloria!


Cruzando husos horarios

Servicio de primer nivel by Turkish

Estambul, 17 de febrero 2018

A las 22 horas de Estambul aterrizamos. Como si el tiempo no hubiese pasado, el aeropuerto era tal cual lo recordábamos del viaje que habíamos hecho en 2014: los free shops llenos de turkish delights, el Simit Sarayi con sus tentadores panes, y la librería con gran variedad de libros en inglés.

Prometimos comprar un simit al regreso

 Aprovechamos las 3 horas que teníamos antes del siguiente vuelo para estirar las piernas y buscar la puerta de embarque que resultó ser la última, donde se acababa el aeropuerto.
Coincidimos en la sala de embarque con una mujer rusa muy extraña que emanaba ansiedad por todos los poros. Ni bien nos acercamos a la zona nos preguntó si teníamos wifi, ante la respuesta negativa continúo haciéndole la misma pregunta a todos los que se iban sumando a la espera. Luego de buscar insistentemente una red para conectarse, se quitó las botas –dejando un terrible olor a pata en el hall- y bebió varios sorbos de una petaca que sacó de la cartera. Cuando faltaban pocos minutos para el embarque se colocó delante de la fila que se había formado, y los empleados tuvieron que atajarla un par de veces en las que intentó abrir la puerta que conducía a la pista. Durante el vuelo no tuvimos noticias de ella, pero ni bien el avión posó las ruedas en el suelo, y aún estaba carreteando, la vimos pasar raudamente hacia la puerta delantera. No sabemos si sufría un ataque de ansiedad, o si estaba drogada o traficando sustancias prohibidas... era más sospechosa que cualquiera de los personajes que suelen verse en “Alerta Aeropuertos”.


Atenas, 18 de Febrero 2018

Minutos antes de las 2 de la mañana estábamos en el aeropuerto de Atenas donde hicimos migraciones y nos reencontramos con la maleta. Ahí no terminaba la travesía: teníamos que tomar el ferry hacia Santorini que partía del Pireo a las 7:30 horas.

La espera en el aeropuerto

Como era invierno -la temperatura no llegaba a los 10ºC- y habíamos leído que en el puerto no había un lugar para esperar, decidimos quedarnos en el aeropuerto. Por el horario estaba desolado y apenas había un café y un drugstore abiertos. Nos acomodamos en una de las mesas de Puro Gusto y tomamos un capuccino mientras dábamos señales de vida aprovechando la conexión gratis de wifi.

A las 04:00 tomamos el bus x96 hacia el Puerto Pireus. A tan temprana hora no había tránsito, y al haber pocos pasajeros tampoco hicimos muchas paradas. Fuimos siguiendo el recorrido en un monitor que iba indicando los nombres de las siguientes paradas, tanto en griego como en inglés. Entre que estaba focalizada en esa pantalla y afuera estaba bastante oscuro lo único que puedo decir del trayecto es que la primera parte fue por una autopista, luego pasamos por un área urbana con edificaciones bajas y negocios, y terminamos bordeamos la costa donde había varios carteles de “Yacht clubs” y panaderías/confiterías en las que había varios clientes. Esto último cobró sentido cuando recordamos que era la madrugada del domingo… era la gente había salido el sábado a la noche.

Siguiendo el recorrido en la pantalla

Teníamos que bajar en la última parada, que coincidía con el último embarcadero del Pireo: “gate E1”. Aunque la pantalla indicaba eso, cuando llegamos a la del “gate E7” el chofer anunció el final del recorrido y que debíamos bajar…  Terminamos un domingo a las 5 de la mañana (el viaje que iba a llevar 90 minutos apenas duró 55) con 9ºC de temperatura bajo un cielo oscuro (aún faltaban un par de horas para que amaneciera) en medio de una zona portuaria sin actividad, y a 2 km del muelle donde partía el ferry.

La sensación de estar en una película de suspenso, en esas en que nunca falta una escena portuaria oscura con todo tipo de criminales, nos llevó a salir raudamente hacia la avenida más cercana, Akti Kallimasioti. De camino pasamos junto a una parada de taxis; eran una opción por si después no encontrábamos el shuttle que recorría el puerto. Si bien la distancia no era mucha, las imágenes de google street view mostraban que no había un camino bien delimitado para ir caminando.

Lo único que parecía abierto en la zona era una panadería, Attika Bakery (Attika Aptonoieia). Al entrar notamos que vendía café y tenía mesitas para sentarse… Habíamos encontrado un lugar para esperar resguardados del frío! La variedad de galletas, bollerías, panes, sándwiches, tortas y ensaladas era tan amplia que costaba elegir que llevar. Los biscotis con frutos secos y pasas fueron un excelente acompañamiento para el capuccino. Los griegos saben cómo mantener feliz al estómago!

Attika Bakery

Compramos un roll y un koulouri (una rosca de pan) con semillas de sésamo, y a las 6:00, hora en que abría la taquilla de la compañía del ferry, fuimos a retirar los tickets que habíamos comprado previamente por Internet. Confirmamos ahí que el shuttle que iba de E1 a E7 estaba funcionando y era gratuito; la parada estaba a metros de la entrada al puerto que daba a la avenida. En pocos minutos estábamos en el último gate (o primero según como se lo mire), la imagen misma de la desolación. En ese momento comprendimos que lo mejor que nos había pasado esa mañana era que el chofer nos dejara donde nos dejó y haber encontrado la panadería.

Una hora antes del horario de partida ya estábamos en el ferry. Dejamos la valija más grande en la bodega y llevamos con nosotros el carry on; el hecho de que uno simplemente la apoyara en una “baulera” sin que nadie controlara nada nos generó desconfianza. Salvo un sector de primera clase y los camarotes, podíamos deambular y acomodarnos en el lugar del barco que quisiéramos. Recorrimos la zona de los bares con sus mesas y sillas, podrían ser un buen lugar para un viaje corto pero no para 6 horas… Las “salas de conferencia” tenían asientos acolchonaditos pero ninguna ventana… Finalmente entramos en un salón con varias filas de asientos mullidos y ventanales, “este es el lugar!” dijimos. Como había muy poca gente elegimos un par de butacas con vista al exterior.
La paz duró poco, minutos más tarde quedamos rodeados de orientales; varios estaban apestados y no dejaban de toser. Nuestro único deseo era que se mantuvieran quietos, lo más silenciosamente posible, que no nos contagiaran nada y que en ningún momento sacaran un pollo frito!

A las 7:30 horas zarpamos, y comenzamos a avanzar lentamente por las azules aguas del Egeo. Luego de tantas horas de vuelo y haber pasado toda la noche sin dormir, el movimiento oscilante del barco fue soporífero y superó la intención de no dormir para ajustarnos al horario local. Así que de los recuerdos de las primeras dos horas de viaje no son muchos.



A las 11:30 horas hicimos una parada en la isla de Paros para el ascenso y descenso de pasajeros. Desde la costa se veían las edificaciones blancas características de las islas griegas. Todo el movimiento, que no era mucho, estaba concentrado en las calles aledañas al pueblo. Invierno no es la temporada alta de las islas…


Isla de Paros

A las 12 horas seguimos viaje, y unos 40 minutos después hicimos la siguiente parada, esta vez en la isla de Naxos.

Isla de Naxos

En la planificación del viaje habíamos considerado visitar las islas de Paros o Naxos porque Santorini parecía demasiado turística. Pero al tener en cuenta la época del año y las actividades que ofrecían nos quedamos con Santorini que tenía varios senderos de trekking, restaurantes abiertos durante todo el año y un aeropuerto con vuelos con precios muy accesibles para regresar a Atenas.


Mientras tanto en el ferry...

La última parada fue a las 14:00 hs en la isla Ios. Para ese entonces ya estábamos aburridos… habíamos dormido, comido, leído, visitado el free-shop y recorrido el barco de punta a punta varias veces.


Isla de Ios

A las 15:20 horas llegamos a Santorini. La llegada no fue tan espectacular como uno esperaría… en lugar de estar en la cubierta viendo como el barco se aproximaba a la costa, esperamos el desembarco en la bodega donde retumbaba la ensordecedora alarma que indicaba que se estaba abriendo la rampa levadiza. Cuando el barco estuvo amarrado, el ruido cesó tan súbitamente como había comenzado y pudimos bajar.


Vista de Santorini antes de bajar a la bodega

Teníamos contratado el transfer con Yannis, nuestro anfitrión de Airbnb. Cuando sabemos que vamos a estar cansados, aunque cueste algunos euros más, preferimos tener el transporte asegurado en lugar de buscar un taxi y pelear el precio… en este caso se sumaba la dificultad de encontrar la entrada al departamento que estaba en un acantilado con vista al mar. 

En menos de 20 minutos estábamos en Firostefani, el barrio vecino a Fira, la capital. Ni bien bajamos del auto apareció un muchacho con rasgos marcados que se presentó como John. Luego de ubicarnos espacialmente nos indicó el camino hacia Fira, y donde estaban la parada de buses, el minimarket y el restaurante más cercanos. Sin su ayuda hubiese sido imposible llegar a la puerta de Villa Fegari, donde estaba nuestro studio… como si fuese un laberinto, desde el parking que daba a la calle bajamos un primer tramo de escaleras, giramos hacia la derecha y continuamos descendiendo, caminamos unos metros por una superficie plana “minada” de caca de burro, y una vez en el edificio subimos hasta al tercero y último piso. Finalmente habíamos llegado!!!

Escalera hacia el studio

Tips & datos de interés:

  • Comer en Ezeiza: para comer algo y no pagar de más hay locales de comida identificados con los carteles “LOW COST” que tienen precios parecidos a los que se encuentran fuera del aeropuerto.

  • Ir en bus del Aeropuerto de Atenas al Puerto Pireus: saliendo del aeropuerto y girando a la derecha, sin cruzar la calle, está la parada del bus y la taquilla que vende los pasajes del X96 que va hacia el Puerto Pireus. Cada pasaje cuesta E6 (Febrero 2018) y se puede pagar cash o con tarjeta de crédito. En esa época del año y horario pasaban cada 20 minutos. Hay que validar el pasaje en las máquinas que están en el interior del micro. Para chequear los horarios y precios: http://www.athensairportbus.com/en/timetable/x96airporttopiraeusport.html
Parada & máquina para validar pasaje
  • Ferry Atenas- Santorini: Compramos los tickets en Blue Stars por Internet un mes antes (https://www.bluestarferries.com/en/). Cada pasaje nos costó 40 euros. Antes abordar el ferry hay que ir a las ventanillas de la compañía con el comprobante de compra on-line para retirar los tickets en papel; por lo que vimos en la web todas las empresas se manejan de la misma manera.
  • Del puerto de Santorini a Firostefani: cómo íbamos a estar cansados y previmos que iba a ser difícil encontrar el edificio optamos por el transfer que nos había ofrecido nuestro host de Airbnb por 25 euros. Vimos que en el área del puerto había algunos locales de rent-a-car y transfers, pero no había carteles con precios. 

domingo, 7 de octubre de 2018

Grecia, Jordania y Egipto: 3 semanas, 3 países, 3 continentes

By Sole

Cuando nos sentamos a escribir sobre un viaje solemos reflexionar acerca de las razones para elegir cierto destino. A diferencia de los anteriores, en este me cuesta identificar un motivo claro y contundente. Como si se tratase de un bingo, Grecia, Jordania y Egipto, tuvieron que sumar varios porotos para ganarse un lugar en el itinerario.

1) Vacaciones en febrero sin morir de frío

Por cuestiones laborales tuvimos que posponer el viaje planeado para septiembre de 2017 que incluía Rusia, Escandinavia y países Bálticos. Con la frustración y abstinencia del viaje cancelado íbamos a tomarnos vacaciones la primera fecha en que fuera posible… esta resultó ser “febrero”. En esa época del año nuestro destino inicial quedaba descartado: las horas de luz iban a ser pocas y el frío muy intenso. Así comenzamos la búsqueda de otros lugares sin temperaturas extremas.


2) Instagrames influencers

En la actualidad los bloggers e instagramers de viajes son una gran fuente de inspiración. Cuando estábamos en la búsqueda, Instagram subliminalmente nos mandaba el mensaje “Petra, Petra, Petra”, y ahí dijimos “Y si vamos a Petra?”. Todos los días se nos aparecía una foto del Siq y de El Tesoro popularizado por Indiana Jones en su última cruzada. Los relatos de otros bloggers y recorrer parte del lugar con googlemap nos cebó aún, más quedando Jordania como el primero de los 3 países elegidos de este viaje.
El tener un lugar nos hizo enfocarnos en un sector del mapa…



3) ¿Qué lugares hay cerca?



Siria e Irak fueron descartados por peligrosos. Arabia Saudita y Emiratos Arabes no nos atraían. Irán lo consideramos y hasta consultamos a David de “La India Increíble” (la empresa ofrece servicio de chofer y guía en Irán), pero como necesitábamos muchos días también lo tachamos.
¿Egipto? Aunque nunca fui apasionada de la egiptología ni de la historia en general, pensaba que Egipto y sus pirámides era uno de esos lugares que había que visitar al menos una vez en la vida. 
Revisamos la situación de seguridad: si nos movíamos fuera de la península de Sinai parecía estar todo bien, sacando el detalle que hoy en día el riesgo de sufrir un atentado está en cualquier ciudad importante sin importar el país…
La temperatura, que en esa época del año iba entre los 10 y 25°C, sumó un par de puntos más para que quedara seleccionado como segundo destino.


4) ¡Escucha a tu estómago!
¿Grecia? También estaba “relativamente” cerca en el mapa, y era uno de los pocos países de Europa donde no hace tanto frío en invierno. Cuando nos pusimos a leer sobre el país, sus platos y alimentos típicos nos convencieron totalmente. Fue una elección hecha con el estómago.



Habiendo seleccionado esos países, nos pusimos a leer sobre sus principales ciudades y atractivos concluyendo en que debíamos dedicarle una semana a cada uno.

De esta manera quedó definido el viaje: “Grecia, Jordania y Egipto: 3 semanas, 3 países, 3 continentes”.

Itinerario:
Semana 1 en Grecia:


Semana 2 en Jordania:
  • Amman
  • Madaba- Karak
  • Wadi Musa/ Petra
  • Wadi Rum
  • Aqaba


Semana 3 en Egipto
  • Luxor
  • Cairo