miércoles, 23 de enero de 2013

Esquel - Alerzal Milenario

By Sole
Enero 2011.


Nos levantamos temprano, a las 7:30 bajamos a desayunar, dado que a las 8 partía la excursión. En el desayunador, un salón ubicado en la planta baja, con ventanas que daban a la calle y al estacionamiento del hotel, nos esperaba una barra con alimentos y bebidas: agua caliente, leche, café, yogurt, agua fría, jugo de naranja, te, pan de molde blanco e integral (2 tostadoras para tostar 6 panes a la vez en total), mermeladas caseras (frutillas, arándanos, cereza), manteca, queso untable, dulce de leche, facturas, scones (con frutos secos en su masa), figacitas y frutas varias.
Puntualmente a la 8 llegó la combi de la excursión. Ya habían subido algunos pasajeros (3 o 4 colombianos, y un par de argentinos). Posteriormente subieron un par de alemanas y por último esperamos un rato en el exterior de una cabaña donde finalmente dos pasajeros suspendieron la excursión.
Emprendimos el viaje hacia el parque, transitando inicialmente por un paisaje de estepa patagónica con pastizales, nenos, coirones, apareciendo luego maitenes.

Cruzamos el río Percey, y continuamos por una ruta zigzagueante por la que fuimos ascendiendo el cerro. Llegamos a la portada centro del Parque Nacional Los Alerces donde pagamos el ingreso que hasta ese día era de $10 para argentinos, $40 para extranjeros (a partir del día siguiente por ser temporada alta, ya costaba $20 para argentinos y $50 para extranjeros, los habitantes de Esquel no pagaban). Esta entrada tenía una validez de 48 hs.
Avanzamos en la combi bordeando el Lago Futalaufquen, de aguas transparentes cuando uno lo miraba de cerca, pero a lo lejos iba tomando distintas coloraciones dependiendo la presencia o no de nubes en el cielo, sumado al reflejo de la vegetación circundante. Ese día tenía un color verdoso azulado. A esta altura el camino era de ripio, lo que confería a la camioneta bastante movimiento hacia todos lados, generando una sensación nauseosa. A los lados del camino se ubicaban distintos campings.
Finalmente llegamos a la pasarela del río Arrayanes, donde quedó estacionada la camioneta. En este lugar había una proveduría y baños, en bastante mal estado (sin luz, las puertas no cerraban y la higiene era bastante deficiente).
A estas alturas, los colombianos ya estaban hablando hasta en inglés con las alemanas; parece que siempre saben todos los idiomas para no perder oportunidad para conversar.
Luego de hacer uso de los sanitarios y algunos intoxicarse con tabaco, continuamos con la excursión. De ahí en adelante continuamos a pie. Comenzamos cruzando el río Arrayanes mediante una pasarela colgante, de madera y enrejado en los costados, con aspecto bastante seguro. Desde ya que no se podía saltar y cuando aumentaba la cantidad de gente que lo cruzaba simultáneamente también lo hacía el movimiento de la misma. 



Seguimos por un sendero que no ofrecía ninguna dificultad, sin mayores desniveles; en la mitad del mismo vimos el primer alerce del recorrido, de unos 300 años de edad. Esta senda se extendía por 1,5 km hasta Puerto Chucao.
En este pequeño puerto, desde donde partía la lancha para continuar con la excursión lacustre, estuvimos parados cerca de una hora. Si bien teníamos tickets para las 11 hs y habíamos llegado pasadas las 10:30, por algunas de esas cuestiones extrañas que ocurren en Argentina, donde nunca se puede ser puntual y respetar un horario, nos tuvieron parado ahí hasta las 11:30 , horario en que estaba prevista la salida de la siguiente embarcación.
A las 11:30 llegaron caminando los pasajeros que habían partido navegando desde Puerto Limonao (entre muelle y muelle hicieron una pequeña caminata). Ellos que habían llegado últimos, pasaron primero. Una prueba más que todo tiene que hacerse al revés de como debería hacerse. Fuimos los últimos en embarcar en esa lancha (eramos aproximadamente 85 personas a bordo), quedando el resto de los compañeros de excursión en la siguiente embarcación. Voy a aclarar que el pasaje de la lancha costaba $190, para nada económico.
El viaje en lancha era el momento para comer. Uno podía llevarse una vianda o comprar sandwichs a bordo. La figaza de jamón y queso, que bastante pequeña costaba  $10. Estaba prohibido bajar al Alerzal Milenario con alimentos con trigo y derivados. Teóricamente, según el guía que iba a bordo, los chucaos de la zona no toleran ese tipo de cereal; no se si habrá pájaros celíacos en esa región del bosque, porque en el resto del parque nacional, no había ninguna restricción para ingerir esos alimentos, y los chucaos también estaban presentes.
Navegamos durante cerca de 1:30 hora, por el lago Menéndez, siguiendo por el brazo principal del mismo. Cuando pasamos frente al glaciar Torrecillas (pared sur del glaciar colgante), detuvo la marcha para que pudiésemos tomar fotografías. Había sol, pero en la cubierta de la lancha estaba bastante ventoso, por lo viajamos casi todo el recorrido en el compartimento interior.



Luego de navegar por el brazo norte del lago Menéndez desembarcamos en Puerto Sagrario, en el Alerzal Milenario. Nos separaron en dos grupos, uno con cada uno de los guías que venían en la lancha. Fuimos recorriendo lentamente un sendero por la selva valdiviana de 2 kilómetros, con vistas de la cascada y lago el Cisne con aguas cristalinas, vírgenes de la contaminación, que podía beberse sin inconvenientes. La guía fue describiendo con detalles la flora y fauna del lugar. Vimos alerces, arrayanes, coihues, cañas colihues, cipréses y un chucao, con su característico canto. A pocos metros del final del recorrido se encontraba el alerce o lahuán (Fitzroya cupressoides) abuelo de aproximadamente 2600 años de edad, 57 metros de alto y 2,2 metros de perímetro. Estos árboles crecen muy lentamente, en promedio 1 mm de diámetro por año. Unos metros más adelante culminaba el recorrido, en el mismo muelle donde había comenzado.



Sacamos un par de fotos, y emprendimos el retorno en lancha. Gran parte de los pasajeros volvieron durmiendo, entre los que me incluyo con unos 20 minutos de siestita.
Luego de llegar nuevamente a Puerto Chucao, estuvimos unos 15 minutos en una playita con piedras y ramitas de árboles en el suelo hasta que llegó la otra lancha con el resto de la excursión.
Los colombianos de la excursión no dejaron de hablar ni un minuto! Para el horario de regreso ya eran íntimos amigos de las alemanas, a las que le dieron su dirección de mail para contactarlos en caso de visitar Colombia.
Volvimos a hacer el mismo recorrido que en la ida, sendero, pasarela del río Arrayanes, baños sucios, camioneta, llegando a Esquel alrededor de las 20 horas.


Cenamos en el resto-bar La luna (Fontana 656), ubicado a unas pocas cuadras del hotel. Como característica especial tenía todas las mesas y sillas de madera rústica, y afiches de distintas cervezas del mundo y posavasos con publicidad de las mismas. Comimos una pizza de muzarella grande, que no debía ser demasiado grande porque la terminamos entre los dos, con una Stella Artois y agua mineral.

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