domingo, 6 de abril de 2014

Old Delhi y sus laberintos

By Sole con colaboración de Seba

11 de Febrero 2014

Madrugón de por medio, salimos a las 8 de la mañana. Dejamos a Fer en el trabajo y seguimos camino hacia Ashkardam Temple, en New Delhi, bien lejos de donde estábamos. Tras un largo viaje de casi 2 horas que incluyó una innumerable cantidad de atascos de tránsito y el cruce del río Yamuna, por fin llegamos! Era un complejo moderno e inmenso, que nos generó una sensación de desconfianza.

Era temprano, apenas había un par de autos en el estacionamiento, y muy pocos visitantes. Prácticamente no se podía ingresar con nada en la mano. De hecho cuando ingresamos con el auto nos dieron un papel con todas las prohibiciones, que iban desde alimentos hasta celulares y cámaras de fotos; en pocas palabras, sólo se podía llevar dinero. El sector de ingresos era inmenso, preparado para que se formaran largas filas dignas de un parque de Disney. Por un lado ingresaban las mujeres y por otro los hombres; cada fila conducía a un detector de metales, tras el cual seguía un cacheo manual en busca de objetos prohibidos.
La entrada al templo principal era gratis; si uno quería ver el show de aguas y música, o exhibiciones  sobre la vida del gurú que inspiró la construcción del lugar tenía que pagarlo. Nos limitamos a visitar los lugares gratuitos, y sólo compramos un folleto en español a 5 Rp con información del lugar. El templo, inaugurado en el 2005, resulta impresionante por su tamaño, sus domos, estatuas y los detalles de los bajorrelieves, al igual que los jardines que lo circundan, pero… hay algo en el lugar que no me cerró ni me cierra ahora. Me dio la impresión de estar visitando un parque de diversiones, un lugar con fines de lucro… En fin, no me parece que sea un “must” de Delhi, solo algo para visitar si sobra el tiempo.

Los hindúes realmente no necesitan visitar un templo de estas características para venerar a sus dioses. En general tienen pequeños altares en sus casas y versiones más rudimentarias en el tablero del auto o la parte delantera de los tuk-tuks, o pueden recurrir a pequeños santuarios públicos que hay dispersos en las calles con imágenes de los dioses, sahumerios y velas. No es raro pasar por uno de estos lugares a cualquier hora y que haya una persona con una mala (rosarios hindúes) en la mano rezando delante de ellos, encendiendo una vela u ofreciendo un collar de flores.

A pesar que Rajesh nos había dicho que íbamos a tardar unas tres horas en visitar el lugar, lo finiquitamos en una, y seguimos viaje hacia el Red Fort, la fortaleza de arenizca roja que sirvió de residencia a los emperadores mogoles por casi 200 años. No bien bajamos del auto, se nos acercó un hombre que nos ofreció llevarnos a pasear en rickshaw por Old Delhi, como de costumbre rechazamos la oferta, ya que queríamos dar una vuelta por el fuerte. Luego de una larga seguidilla de ofertas con “no” como respuesta, nos dijo que si queríamos hacer una recorrida nos iba a estar esperando en la puerta, y se alejó.
No pensábamos entrar al Red Fort, ya que teníamos pensado visitar el de Agra, que por lo que habíamos leído se conservaba mejor. Así que nos limitamos a dar una vuelta por el exterior y sacar un par de fotos, antes de seguir hacia Old Delhi en un cycle rickshaw como era nuestro plan original.

Cuando estábamos saliendo del predio se nos acercó otro chofer de rickshaw que también nos ofreció sus servicios, comenzando su oferta en 400 Rp. No pasaron 30 segundos que apareció el que nos había abordado en primer lugar. Íbamos a ir por el que nos cobrara menos así que aprovechando la discusión entre los choferes, Seba terminó negociando 200 Rp por un paseo de 1 hora por Old Delhi, con chofer número 2, cosa que no le gustó a chofer número 1. Presenciamos una pelea acalorada sin llegar a los puños, y que terminó con la intervención de un tercero que le dio la razón a chofer número 2.

Finalmente subimos al cycle rickshaw, nos agarramos para no caernos y el hombre comenzó a pedalear. Esquivando autos, tuk tuks y gente se metió en Old Delhi propiamente dicho. Si lo que habíamos recorrido hasta ahora nos había parecido un caos, no hay palabras para describir esto. Fue una locura total! Nos metimos en una calle con edificios al borde del derrumbe, negocios y puestos callejeros, grandes marañas de cables, carteles, santuarios, baños públicos (básicamente un paredón azulejado contra el que los hombres orinaban), gente que cruzaba la calle, gente que caminaba en todas direcciones, autos que tocaban bocina en forma insistente, motos con 3 o 4 personas, otros rickshaws, tuk-tuks, carros… en medio de esto nuestro chofer hacía maniobras extrañas para ir avanzando y esquivando obstáculos. Nos iba hablando, pero entre el ruido y su acento no lográbamos entenderle mucho. No podíamos creer en la locura en que nos habíamos metido, pero a la vez nos resultaba divertido y no podíamos dejar de mirar a uno y otro lado, no queríamos perdernos nada!



Cuando llegamos al mercado de especias el chofer nos ofreció parar para que bajemos a comprar, obviamente recomendándonos un local “very good price”. Ya habíamos leído que todos los choferes, independientemente del vehículo que se trate, suelen llevar turistas a ciertos locales a cambio de una comisión, se concrete o no la venta. No teníamos intensiones de comprar especias sueltas, pero accedimos al juego.

El local tenía pilas de de especias, legumbres y dátiles en la parte delantera y el sector de tés en la parte posterior. De más está decir que los tés estaban recontra preparados para turistas, envasados en bonitas bolsitas de tela y cajas de madera, y a precios mucho más altos de los que habíamos visto el día anterior en Pahar Ganj. Mientras yo escuchaba al vendedor, y metía la nariz en cada uno de los frascos que me iba presentando el vendedor para que oliera los tés, Seba aprovechaba para sacar fotos. Cuando me aburrí le agradecí y nos fuimos sin comprar.



El chofer emprendió el camino de regreso; a cada rato nos ofrecía ir a comprar pashminas y saris, ofertas que fuimos rechazando una a una. A pesar que el trato incluía llevarnos a la mezquita Jama Masjid, no se quiso meter en una de las callejuelas que conducían hasta ahí, así que no nos quedó otra que bajar, pagar lo acordado (aunque el caradura nos pedía más!) y caminar por Old Delhi. Qué experiencia! Pronto pasamos a ser dos peatones más de los que caminaban anónimamente por las calles. Nos metimos en la calle lateral confiando en que nos iba a conducir a la mezquita; está de más decir que las calles no tenían nombre o de haberlo tenido seguramente estaba oculto por la mugre, los carteles y los cables. No fue tan complicado salir sanos y salvos de ahí, había que caminar en fila, lo más cercano a los negocios, y cada tanto mirar para atrás o hacerse a un lado cuando sentíamos la presencia de un vehículo. Hasta nos animamos a caminar por una pequeña calle lateral donde vendían joyas, guirnaldas de flores y objetos colgantes dorados y plateados que no sé si eran adornos o tenían alguna funcionalidad.

Caminata por Old Delhi

A la distancia divisamos los domos y minaretes de la mezquita, estábamos en el camino correcto! Pero al llegar la alegría se desvaneció  ya que en ese horario (12:30 hs) estaba cerrada para el público en general y sólo se permitía el ingreso de musulmanes. Decidimos ir a comer al Karim’s de Old Delhi, otra sucursal del que íbamos a ir el día anterior en Nizamuddin, que estaba del otro lado de la mezquita. Fuimos rodeando el templo en sentido anti-horario, pasando por una calle versión india de Warnes: había todo tipo de repuestos usados. Tras esquivar varios vehículos que venían en ambas direcciones cruzamos la calle, y nos metimos en un lugar muy parecido a la villa 31 de Buenos Aires. Caminamos menos de una cuadra, giramos a la izquierda y encontramos a Karim’s. No era un restaurante con una distribución habitual: era una especie de patio, una cocina abierta donde uno podía ver lo que estaba pasando, y en un par de habitaciones estaban las mesas. Era un lugar no sólo recomendado por Coca, sino también por las guías que teníamos. Nos sentamos al fondo, en una mesa larga para compartir donde al ratito se sentaron dos hombres locales. Seba eligió un “kebab” de cordero y yo media porción de “chicken biryani”, fuese lo que fuese. Primero llegaron las bebidas, 2 vasos de Coca Cola tirada, los cubiertos (una cuchara, sin cuchillo ni tenedor) y un plato con aros de cebolla morada crudos. “Qué hacemos con la Coca??? Qué agua habrán usado para reconstituirla???” Pensábamos que al pedir gaseosa iba a venir en una lata o una botella, y no que iba a ser Coca-Cola de máquina. Dejamos el dilema para más tarde, de última teníamos agua mineral en la mochila. Sacamos el kit de “limpieza” y proseguimos con la tarea, que poco a poco se fue transformando en una costumbre.

La comida fue toda una experiencia!!! El plato de Seba era un cilindro de carne picada de cordero con un agujero central (donde había estado el palito que había servido de soporte durante la cocción). Muy confiado le hincó el diente, y al instante comenzó a sudar! No era una inocente albóndiguita de carne, era una bomba super picante!!! A nuestro lado, los hombres tenían varias y las comían como si nada. A mí me tocó en suerte un plato de arroz con especias, incluyendo alguna picante, con un huevo y un pequeño cuarto trasero de pollo. No sabía qué hacer con el pollo y la cuchara… no quedó otra que recurrir al primitivo hand eating. Previo a meter mano, divisé en otras mesas que había gente comiendo el pollo de esa manera, pero no reparé en que sólo tenía permitido utilizar la mano derecha… No sé si alguno de los hombres me miraban por el simple hecho de ser mujer (una molesta costumbre de los indios) o porque estaba utilizando la mano “impura”. Como estamos comiendo, no voy a ponerme en este momento a hablar de temas escatológicos, mejor lo dejo para más adelante…

Fue una comida complicada. Seba apenas comió la mitad de su pequeño kebab, picoteó un poco de mi comida y pidió un plain naan. Yo comí la mitad de mi plato, y finalmente terminamos tomando un poco menos de la mitad de cada gaseosa para apagar el fuego de la boca, aún a riesgo de intoxicarnos.

Tras volver a cruzar la calle, que a esa hora también tenía varios tuk-tuks y rickshaws llenos de chicos con uniformes escolar, volvimos a la mezquita. Para acceder subimos la escalinata que tenía varias personas sentadas: musulmanes, niños estudiantes, y algún que otro turista. Como en cualquier lugar religioso (sin importar de qué religión se trate) también había mendigos. Previo a ingresar nos tuvimos que quitar el calzado, cubrir la cabeza y pagar 300 Rp por la cámara de fotos.



Luego de atravesar el portal de ingreso, nos encontramos con una gran explanada cuadrada rodeada por una construcción  de mármol y arenisca roja con tres domos de mármol blanco, flanqueada por dos altos minaretes. Había mucha gente local rezando, algunos con atuendos musulmanes, otros no, y otros simplemente caminando o sentados conversando. Qué hacía esa gente ahí un martes al mediodía???

Jama Masjid

Para subir a uno de los minaretes tuvimos que pagar 100 Rp más por persona. La torre no es apta para claustrofóbicos!!! Subimos de forma ininterrumpida por una escalera caracol estrecha, de escalones altos y sin ventanas, hasta llegar al mirador de pequeñas dimensiones. Cuando llegamos había cuatro personas que ocupaban casi todo el lugar, tuve que sentarme en el escaso espacio que quedaba porque me flaqueaban un poco las piernas; no había ningún tipo de protección entre el piso del mirador y la escalera de acceso, pudiendo un paso en falso resultar fatal. Recién cuando se fueron los otros visitantes, me paré y me acerqué a una de las ventanas pudiendo observar una magnífica vista panorámica de Old Delhi y alrededores.

Old Delhi desde arriba

De dónde viene el humito??? De Karim's!!!

A la salida decidimos tomar otro cycle-rickshaw para ir hasta el Red Fort, donde nos iba a pasar a buscar Rajesh. Teníamos un precio en mente, 50 Rp, que justo coincidió con lo que nos tiró en primera instancia el conductor para recorrer esas pocas cuadras. Subimos y fugazmente nos metimos en una calle muy estrecha, que estaba llena puestos de chucherías. Hubiésemos apostado que la calle era peatonal, pero en India nunca nada es lo que parece. En una alocada carrera de pocos minutos, el rickshaw fue golpeando hombros de peatones, metiéndose en una innumerable cantidad de baches, y esquivando colectivos y autos al desembocar en la avenida. Por milagro llegamos enteros!!! A pocos metros de donde bajamos divisamos a Rajesh, así que Seba rápidamente le dió las 50 Rp al conductor del tuk tuk, quien se quedó mirando con cara de “sólo esto me vas a dar?”, pese a que era el importe acordado.  Parece que no quedó conforme, y sigilosamente nos siguió hasta el auto, mirándonos a través de la ventanilla cual gato con botas de Shrek…

Aún nos quedaba otro mercado para visitar: Janpath Market. Este pertenecía a la categoría de mercados civilizados. Por un lado había varios locales bastante bien puestos de cara a la avenida, que ofrecían artesanías diversas (imanes, llaveros, estatuillas de dioses y del Taj Mahal, elefantitos de cerámica y madera, té, cuencos tibetanos, bijouterie, etc), libros, pashminas y ropa. A medida que nos acercamos a la parte de mercado fueron apareciendo manteros que vendían carteras de tela, caminos (table path), fundas de almohadones, etc. Nos detuvimos frente a una vendedora para preguntarle por las fundas de almohadones, exactamente las mismas que habíamos comprado en el supermercado Coto de Buenos Aires unos meses atrás. Luego de darnos el precio y nosotros responderle “too expensive”, justificó el precio diciendo que los hacía manualmente su hermana!!! Otro de las habituales mentiras… Compramos algún llavero e imanes, y seguimos viaje ya que teníamos que llegar a nuestro próximo destino antes de las 5 de la tarde.

Le dijimos a Rajesh que queríamos ir al “Gandhi Smriti”, el museo dedicado a Gandhi que tiene lugar en Birla House, su última residencia y lugar de muerte. Se pueden visitar salones con maquetas y afiches con la biografía y frases célebres de Mahatma Gandhi, algunas muy progresistas para la cultura y la época en las que vivió. Pero lo que más llama la atención es la sencillez de su habitación –que apenas tenía un colchón, un par de almohadones, una mesita y una pequeña rueca– y el jardín donde el 30 de enero de 1948 encontró la muerte. En el mismo están representados los últimos pasos y el lugar exacto donde fue asesinado. Es un lugar muy tranquilo, digno de ser visitado, y de entrada gratuita.



Los últimos pasos de Gandhi

Al regresar a Gurgaon, merendamos y pasamos un rato con Coca y Fer, y obviamente con Roti! Fer se lució con unos pollos miniatura (parece el tamaño standard de los pollos indios) al horno con ensalada. Otro día muy intenso…habíamos dado vueltas por todo Delhi!

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