domingo, 30 de marzo de 2014

Llegamos a Delhi!

9 de febrero 2014

Habiendo salido el 7 de febrero y perdido el 8, aterrizamos el 9 de febrero en Delhi. En tierra firme nos encontramos con un aeropuerto que no tiene nada que envidiar al de un país desarrollado.

Hicimos los trámites de migraciones sin problemas, llenamos un formulario, presentamos pasaporte con visa y la constancia de vacunación de Fiebre amarilla, y ya estábamos adentro! Retiramos el equipaje y salimos al hall principal en busca de nuestros amigos Coca y Fer, y su chofer.

Ellos son argentinos expatriados que actualmente están viviendo en Gurgaon, muy cerquita de Delhi, y fueron los que pusieron la primera semilla de este viaje. Finalmente el “te vamos a ir a visitar” se estaba haciendo realidad.

El chofer de nuestros amigos que nos tenía que pasar a buscar era Rajesh. Luego de la renuncia el último driver, Rajesh había comenzado a trabajar para ellos apenas un par de días antes de nuestra llegada. Estábamos estrenando chofer, experiencia nueva tanto para él como para nosotros! Tenía las clásicas facciones indias, que habíamos visto en los empleados de migraciones (tez morena y ojos oscuros, con frondosas cabelleras haciendo juego) pero era más pequeño, no llegaba a 1,60 metros de estatura ni a los 60 kg de peso. Muy correctamente acomodó las valijas en el auto y nos abrió la puerta, acción a la que no me acostumbre durante todo el viaje! Muchas veces el pobre se bajaba del auto para abrirme la puerta y yo ya estaba poniendo un pié en la calle. Una vez que estábamos todos en el auto, se acomodó en su asiento de conductor, el de la derecha, costumbre que fue heredada de los ingleses.

Qué emoción!!! No podíamos creer que habíamos llegado a la India!!! Era temprano, y aún había rastros de la neblina matutina que caracteriza al invierno de Delhi y alrededores. Cuando estuvimos listos, salimos del estacionamiento del aeropuerto y tomamos una autopista. El concepto de autopista y sus reglas en India es un tanto diferente al del resto del mundo; poco a poco fuimos descubriéndolo.

Del aeropuerto fuimos hacia Gurgaon, una localidad moderna, con grandes shoppings, edificios de oficina y habitacionales para indios con mucho dinero y extranjeros, ubicada a unos 30 km de Delhi. Lo que yo esperaba como “ciudad moderna” no fue lo que encontramos… Por un lado están todas las edificaciones lujosas y vidriadas  que conviven con obras en construcción, terrenos baldíos (en varios de los cuales hay chozas confeccionadas con troncos y lonas), una ausencia casi total de lugares aptos para la circulación peatonal, y chanchos que caminan libremente.

Las calles son un tema aparte! Son una especie de jungla donde todo está permitido y escasean los semáforos –ya hablaremos más adelante sobre este tema–. Fue nuestra primera aproximación al contraste riqueza-pobreza y el armonioso caos que se manifiesta en forma extrema y permanente.

En menos de 10 minutos llegamos al complejo donde viven Coca y Fer. El departamento, un sueño!!! Ubicado en el piso 25 de una torre, tenía una vista panorámica del golf y alrededores.



A los pocos minutos conocimos al miembro de la familia que faltaba: Roti, la gran bola de pelos que oculta un perrito en su interior, y que con mucha alegría nos dio la bienvenida. 



Mientras nos acomodábamos, hicimos el reparto de regalos, nos pusimos al día con las novedades, y pronto se hizo el medio día. Almorzamos un guiso de cordero con ensalada, planificando las actividades de la tarde.

Si bien no nos podía acompañar dado el reposo al que la obligaba su embarazo, Coca nos había preparado un recorrido con los lugares que no teníamos que dejar de ver. Así que con mapa y guía en mano, partimos con Rajesh a recorrer Delhi! Llegar a la ciudad nos llevó un buen rato, pero no nos importó, ya que el hecho de recorrer las calles en auto valía la pena! Por las mismas no sólo circulaban autos, motos y bicicletas, sino que también lo hacían los rickshaws o tuk tuks –pequeños vehículos tricíclicos motorizados–, vendedores, peatones y animales. Los bocinazos eran constantes, casi obligatorios si uno quería avanzar. Parecía que la prioridad de avance se regía por la velocidad para tocar la bocina: pasaba el que tocaba primero! La mayoría de los autos que nos rodeaban tenía varios bollos y rayones en la chapa…

Al llegar a la congestionada entrada del Qutb Minar, descendimos del auto. Cuando hablo de congestionada, me refiero a que esquivamos tuk-tuks, choferes de tuk-tuks ofreciendo sus servicios, vendedores y masas de  personas. Cuando nos acercamos a la puerta descubrimos que los tickets los vendían al otro lado de la calle. Chan! Teníamos que cruzar la calle! Y yo que me quejé de las calles de Roma sin semáforo… Aprovechamos que había otras personas con nuestra misma intención, y nos unimos a ellos. Cuando llegamos al otro lado divisamos una gran fila para comprar entradas, pero cuando nos acercamos un poco vimos que había dos taquillas distintas, una para locales y otra para extranjeros. La fila que habíamos visto era de los locales, la de extranjeros estaba desierta. Pagamos las 250 Rp que costaba cada entrada (la de los locales tenía un precio irrisorio) y valientemente volvimos a cruzar la calle.

Pasamos por el control de seguridad e ingresamos. Es muy común ver estos “pseudo-controles” (con detectores de metales, mesita para revisar mochila y biombo para cacheo femenino) en la entrada a atracciones turísticas, shoppings y hasta los hospitales. Hablo de pseudo-controles porque si uno iba sin mochila, pasaba el detector sin ser detenido, sonara o no; y la revisión de mochilas consistía en abrir el compartimento principal, pispear lo que estaba arriba de todo ayudados por la luz de una linterna y listo.

El complejo que estábamos visitando incluía un gran parque y varias edificaciones centenarias, siendo la más destacable la torre de 72 metros de alto, distribuidos en 5 pisos, cada uno con su balcón, edificado por los musulmanes en 1199. Hasta fines de de los setenta estaba permitido entrar y subir por la angosta escalera caracol que tiene en su interior, pero como consecuencia de la avalancha que se produjera en el año 1979 dejando varias víctimas fatales, el ascenso fue cerrado al público. Así que nos limitamos a ver el exterior y a recorrer la mezquita Quwwat-ut-Islam (la más antigua que queda en la India) y las ruinas aledañas a la torre.



Era un soleado domingo por la tarde y el lugar estaba repleto de familias indias que habían salido de paseo vestidas con sus mejores y coloridas ropas. Me llamó mucho la atención que los nenes pequeños tenían pintados los ojos con delineador y vestían polleras a pesar de ser varones. Tampoco faltaban los grupos de hombres jóvenes que caminaban de la mano, y se sacaban fotos entre ellos en distintas poses, como si estuvieran preparando un “book de fotos” para presentar en una agencia de modelos.
El hecho de que fueran de la mano e incluso abrazados era un signo de amistad, y nada tenía que ver con su orientación sexual. En cambio, lo que resultaba chocante y hasta escandaloso era que un hombre y una mujer hicieran lo mismo, aún siendo pareja.



Confieso que con el tema fotos nosotros tampoco nos quedamos atrás: sacamos, sacamos, y sacamos. Ese día descubrimos que los guardias de seguridad de los monumentos tienen un problema con los trípodes! Habíamos ido con un trípode común, nada sofisticado, y ni bien lo sacamos se acercó uno a decirnos que no lo podíamos usar: “not allowed”. Raro… la única explicación posible es que asocien el trípode a alguna actividad profesional o filmación, estando esta última prohibida en muchos lugares.

Cuando estábamos por salir nos cruzamos con tres travestis vestidos de indias, quienes con voz gruesa saludaron; supongo que los saludos era dirigidos a Seba. “Mmm, creo que no eran mujeres…” le comenté.

Ya en la calle telefoneamos a Rajesh, mientras rechazábamos la oferta de los múltiples choferes de tuk-tuks. “No, thank you, no thank you”, un solo “no” no era suficiente para tanta insistencia. Rápidamente apareció nuestro auto y seguimos viaje a Temple.

Los indios, en su mayoría hindúes (o sea seguidores del hinduismo) son muy religiosos, por lo que no es de extrañar que existan complejos de templos como este. El lugar era grandísimo, de hecho es el segundo más grande de India luego de Akshardham; nosotros no limitamos ver a un par de los más de veinte templos que había dispersos en los parques. Estéticamente era muy bonito, pero al ser construcciones relativamente nuevas (de principio de los setenta), no tenían tanto encanto como otros lugares que íbamos a visitar posteriormente. Como la entrada es gratuita, es una opción de salida  de fin de semana para los locales, ya que  pueden convivir con la naturaleza y sus dioses al mismo tiempo.

Lo que más nos llamó la atención de Chhattarpur fue la gran figura roja de Hanuman, el dios mono, que se levantaba en forma imponente en el complejo y era fácilmente visible desde el exterior. No me voy a meter mucho en el tema de los dioses, porque realmente es algo bastante complejo y difícil de entender para alguien que  no profesa la religión y que apenas ha leído algo al respecto como yo.

Caminamos un poco por el lugar, sacamos otra tanda de fotos, y fuimos al estacionamiento a buscar a nuestro chofer, que estaba con el asiento reclinado durmiendo una siestita. No podíamos culparlo por tener sueño al estar quieto al solcito: cuando íbamos de Chhatarpur Temple a Hauz Khas, nuestro próximo destino, casi nos quedamos dormidos y fuimos cabeceando todo el rato que duró el viaje, atasco de tránsito de por medio.

Para concluir con el recorrido dominical de parques del sur de Delhi nos fuimos a Hauz Khas, lo que más me gustó del día! Para llegar al parque tuvimos que caminar por una callecita bordeada por edificios de unos 3 pisos, con locales de diseño y antigüedades en la planta baja, y bares y restaurantes en el piso superior. Un lugar con onda bohemia, que se prestaba para tomar un aperitivo. Al final del camino, encontramos el parque con sus ruinas del siglo XIII y XIV, y un lago artificial de aguas verdes. Acá también había bastante gente, tal vez un poco menos de familias y más grupos de jóvenes; los clásicos chicos con las cámaras de fotos, algunas parejitas furtivas de la mano y hasta algunos sentados en círculo tocando la guitarra.




Cuando comenzó a oscurecer, no más de las 6 de la tarde, regresamos a Gurgaon. Estábamos agotados, no tanto por lo que habíamos recorrido, sino por el viaje que habíamos tenido previamente, así que cenamos y nos fuimos a dormir rapidamente. La aventura del viaje a India recién comenzaba y nos esperaban muchas más sorpresas de Delhi para descubrir al día siguiente.

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