viernes, 6 de septiembre de 2013

Irlanda - Una semana en la isla esmeralda

By Seba
Abril 2009

Me sentí en Irlanda una vez que abordé el pequeño avión de Aer Lingus en Heathrow, Londres. Había estado luchando contra el sueño durante horas; sesenta minutos después, luego de atravesar el Mar Celta, estaba aterrizando en el moderno y pequeño aeropuerto de Dublín. Un micro de línea me dejó en O’Connel Street, en el centro de la ciudad, y de ahí arrastré un par de cuadras la valija, y crucé el río Liffey  para llegar a mi hostel, en Lord Edward Street, bien cerca de Temple Bar, Dublin Castle y Christ Church Cathedral.
Dublín me recibió con una sucesión de sol, lluvia, sol  y lluvia. La bienvenida era acorde al clima británico, pero no me impidió hacer una recorrida por el barrio, conocer Trinity College y disfrutar mi primera pinta de Guinness en su país de origen. Era el 27 de abril de 2009, mi primer día en Europa en toda mi vida, y me quedaban tres semanas de viaje por delante.

Temple Bar

El día siguiente a mi llegada tenía previsto caminar Dublín. Y vaya que lo hice. Arranqué bien temprano bordeando el Liffey hacia el oeste, pasando por el edificio de justicia Four Courts, uno de los edificios del National Museum en Collin Barracks, el Irish Museum of Modern Art en el viejo edificio del Kilmainham Hospital y Saint Patrick's Cathedral. El regreso al centro de la ciudad incluyó la visita al Guinness Storehouse, con una recorrida por la fábrica, el museo, y una infaltable pinta para rehidratarse.
Ya en el centro, hubo tiempo para caminar por el parque Saint Stephen’s Green, hacer visitas a más salas del National Museum y empezar a ver la zona comercial adyacente a O’Connel. Dublin es una ciudad muy compacta, ideal para recorrerla a pie. Sin embargo cuenta con un modernísimo sistema de tranvías, inaugurado hace unos años. El día se cerró en el barrio de Temple Bar, donde no sólo se encuentra el pub homónimo (que es muy lindo, con una decoración típica y música folk en vivo casi todos los días) sino que hay unos cuantos lugares muy tradicionales que vale la pena conocer.

James Joyce en St Stephen's Green

El 29 de abril tocó un tour por las Wicklow Mountains y Glendalough. Las Wicklow son un sistema serrano que no supera los 1000 metros de altura sobre el nivel del mar, pero en los que se tiene acceso a la Irlanda rural sin tener que alejarse mucho de Dublin. Glendalough es el nombre de un antiguo monasterio cristiano que soportó el asedio de vikingos y normandos, pero perdió esplendor en época de la ocupación inglesa. Las ruinas de varios edificios religiosos se conservan intactas, al igual que la imponente “rounded tower” que servía para la defensa del lugar. Todo el complejo se encuentra entre las montañas, rodeada de bosques y lagos, lo que le confiere una atmósfera de mucha magia.

Glendalough

El jueves 30 de abril era el momento de dejar Dublin para internarse en el interior de la isla. Así que arrastré la valija unas diez cuadras hasta la estación de tren Heuston, allí recogí en una máquina lo tickets que había comprado online, y cerca del mediodía estaba en Kilkenny.
Kilkenny conserva su traza medieval. Es una ciudad realmente pequeña, en la cual su vida comercial se centra en High Street.  Al final de esta calle, donde ya cambia su nombre por el de Parliament Street, era donde quedaba mi hostel. La recorrida pedestre por la ciudad incluyó la visita a los jardines del Kilkenny Castle, la costa del río Nore, los vitrales de Black Abbey y la catedral St Chanice, con su cementerio repleto de cruces celtas y su rounded tower.

Killkeny Castle

En la visita  a esta catedral me pidieron un documento. Al darse cuenta que era argentino, me empezaron a contar la historia de un marino irlandés que había peleado por la independencia argentina, un tal William Brown. Cuando les dije que yo era de una ciudad que llevaba el nombre de ese marino no me creyeron, tuve que volver a mostrarles el documento! Así que ya saben, el almirante Brown era más irish que un duende…


Cruces Celtas en Killkeny

El 1 de mayo la ciudad estaba desierta. En mi afán de conocer Rock of Cashel tenía que hacer unas cuantas combinaciones de micros (siempre por Eireann Bus, la línea que monopoliza el transporte en omnibús, con el simpático Setter irlandés en su isologo). Así que después de pasar por Carrick, Clonmel y Cahir (tiene un castillo muy antiguo y bien mantenido, sobre un río), llegué al poblado de Cashel, en el condado de Tipperary.
Rock of Cashel está en la zona alta de una colina, y supo ser residencia de los reyes de Munster (uno de los cuatro antiguos reinos de Irlanda: Munster, Connacht, Leinster y Ulster, este último confundido con el actual territorio de Irlanda del Norte). La leyenda cuenta que el propio San Patricio anduvo por aquí… Alrededor del siglo XII se convierte en un lugar eclesiástico, y por eso es que la mayoría de las ruinas pertenecen al gran edificio de la Catedral. El lugar fue destruido por las tropas inglesas de Oliver Cromwell alrededor de 1600 (recordemos que la Inglaterra post Enrique VIII –el de la serie The Tudors- es protestante, y la Irlanda post San Patricio es católica, de aquí vienen buena parte de los enconos).

Rock of Cashel

El lugar es imponente y bien vale la visita, que se hace de manera guiada por muy pocos euros, con guías locales muy entusiastas.  El cementerio que rodea  las ruinas está lleno de cruces celtas con un valor artístico e histórico incalculable. Para los que no lo sabían, la cruz celta es la típica cruz cristiana con un círculo que simboliza el sol, que era la principal adoración de las tribus celtas que habitaban Irlanda antes del cristianismo. San Patricio buscó conjugar el credo católico con las creencias de los nativos, para que se volcaran a la nueva religión sin desestimar sus creencias originales.
El retorno fue lento, hasta tuve tiempo de ver en uno de los pueblos donde paraba el micro un entrenamiento de un equipo de fútbol gaélico, un deporte que es una mezcla de nuestro fútbol y el rugby. Ya era de noche en Kilkenny. Sólo quedaba tiempo para comer un Irish Stew (básicamente cordero y papa), y hacer una recorrida por los coloridos pubs del pueblo, siempre con cervezas de diferentes colores para probar.

El 2 de Mayo me despedí de Kilkenny para meterme en el oeste de la isla, recalando en Galway. El micro con el logo del perrito hizo una parada en Clonmel, donde tenía que esperar otro micro. Tenía que desayunar, y no tuve mejor idea que meterme en el desierto bar de la estación de trenes y pedir un ¨Irish breakfast¨… que no era más ni menos que una fritanga de huevos, morcilla, y jamón, más café con leche. Sólo comí lo blanco del huevo y unos panes, creo que el muchacho que era mozo y cocinero al mismo tiempo se sintió ofendido, tuve que decirle que simplemente estaba inapetente. Luego de una breve detención de rutina en Limerick, pasado el mediodía ya estaba de cara al Atlántico en Galway, la ciudad de origen de los anillos Cladagh.
Aproveché la tarde para recorrer la ciudad y sus bares, famosos porque tienen música tradicional en vivo a casi toda hora. Ese día se jugaba la semifinal de la copa de Europa de rugby entre Leinster y Munster, era como si jugaran Racing vs Boca la semifinal de la Libertadores…así que los pubs explotaban. Cuando terminó el partido la gente empezó a salir y quedó en las pantallas Real Madrid-Barcelona…fue el baile del 6-2, un partido que habría que mostrarle a los chicos en las escuelas para que sepan cómo se juega al fútbol.

Al día siguiente, me subí a la excursión a los acantilados de Moher. Los acantilados se elevan más de 200 metros sobre el mar, y tienen una caída impresionante. El paisaje es realmente maravilloso, y tiene bien ganada la fama de ser la principal atracción natural de Irlanda. El chofer-guía era un viejito simpático, pero con un acento muy particular que dificultaba la comprensión de lo que decía. El tour iba a la mañana por la zona de The Burren, un parque nacional muy particular, y regresaba por la costa de la bahía de Galway.

Cliffs of Moher

El 4 de mayo tocaba otra excursión, recorriendo toda la región de Connemara. Esta región es donde la cultura y la lengua gaélica están más protegidas, y visitarla es una forma de meterse en la Irlanda profunda. Los lagos, las colinas, las ovejas y los ponys son parte de un paisaje de gran carácter, áspero e indómito. Viejas abadías como la de Kylemore, aldeas como Cong  -que parece la comarca de los Hobbits- y un guía muy divertido y con un inglés mucho más claro marcaron el viaje. Ya me quedaban pocas horas en Irlanda…


Kylemore Abbey

El 5 de mayo sólo tuve tiempo de desayunar y tomar el tren de regreso a Dublín. Con la valija a cuestas hice una nueva recorrida por el centro, compré las últimas chucherías y tomé la última pinta de Guinness… todas las despedidas son melancólicas, pero irme de Irlanda, el país donde siempre tuve el sueño de ir, fue muy difícil. Le decía “hasta algún momento” a la Islas Esmeralda, pero le decía “hola” a Escocia, la decía “hola” a la misteriosa Edinburgo…

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