domingo, 6 de agosto de 2017

Laguna de los Tres... o de las nubes???

By Sole & Seba

1 de enero 2016

A pesar de ser primero de año el despertador no se tomó descanso, a las 7 ya estaba sonando. Qué sueñooo!!! Aunque habíamos quedamos muy cansados y con mucha ganas de dormir luego de la caminata del día anterior, había que levantarse ya que teníamos otro largo día por delante. Cada minuto del viaje era sagrado!!!

Como el desayuno recién comenzaba después de las 8 hs, nos preparamos un desayuno con lo que teníamos almacenado: té verde, yogurt, banana y criollitos dulces. Preparamos los sándwiches del día –la panadería había abierto religiosamente como todas las mañanas- y a las 8 ya estamos listos en la calle.

El día estaba parcialmente nublado –más despejado que nublado- y un poco fresco. Las calles estaban prácticamente desiertas; apenas nos cruzamos con un par de autos y alguna que otra persona caminando. Siendo nuestro destino del día “Laguna de los tres" fuimos caminando hasta el inicio del sendero del Fitz Roy, el mismo que habíamos tomado para ir a laguna Capri. Esta vez teníamos varios kilómetros de distancia y metros de desnivel más que esa caminata casi infantil con la que habíamos comenzado a calentar motores unas 36 horas atrás.


Excelente manera de comenzar el año!!!

Los casi 1000 metros hasta el mirador del río de las Vueltas estuvimos en absoluta soledad, nuestra situación ideal. En ese punto nos cruzamos con un grupo de extranjeros que estaban sacando fotos. Como ya habíamos hecho lo propio la vez anterior seguimos caminando; había que tomar la delantera… Prácticamente no nos detuvimos hasta llegar al mirador del Fitz Roy, ubicado alrededor del kilómetro 4.

El gran atractivo del mirador hizo que no estuviéramos solos, coincidiendo en tiempo y espacio con un oriental y un anglosajón. Si bien los cerros se veían perfectamente, notamos una bruma que no estaba la vez anterior y un viento muy intenso que hizo que la parada fuese bastante corta.

La imagen perfecta

Como no queríamos salir volando del mirador por las ráfagas que lo azotaban continuamos caminando, encontrando luego de varios cientos de metros el retome del camino que iba hacia laguna Capri. Lo consideramos como una opción para tomar al regreso.

Los siguientes kilómetros fueron bastante tranquilos por terreno prácticamente sin desnivel, con sectores de bosque. Pasando el kilómetro 5 nos encontramos con una grata sorpresa: una pareja de pájaros carpinteros!!! En la parte superior de un árbol estaba ella, con su cuerpito totalmente negro; en la parte inferior de otro árbol estaba él, con su clásico copete rojo y cuerpo negro. Su “toc toc” en el silencio del bosque es inconfundible; eso sí, para identificarlo hay que ir en silencio y prestando atención a todos los sonidos de la naturaleza.


Ella

El

Este maravilloso hallazgo mereció varios minutos de observación. Él estaba en una ubicación tal que saliéndonos unos metros del sendero conseguimos estar a muy corta distancia, logrando un primer plano del pájaro picoteando frenéticamente el tronco del pobre árbol que aún estaba vivo como lo sugerían sus hojitas verdes. Mucho mejor que Discovery Channel!!!



Al llegar al kilómetro 6, nuestro mayor temor se hizo realidad: una nube tapaba la cima del Fitz Roy!!! Uno de los problemitas que tiene esta hermosa zona son los repentinos cambios meteorológicos… podes salir con un hermoso día de sol con el cielo despejado y regresar empapado bajo la lluvia con un cielo cubierto por nubes bajas que tapan los cerros en su totalidad. Intentamos pensar en positivo… aun faltaban varios kilómetros para llegar, esa nube podía desaparecer.

Y la cima???

A medida que fuimos avanzando fueron apareciendo nubes oscuras, y el cerro desapareciendo… Por más que pensáramos en positivo éramos conscientes que las chances de tener una linda vista del Chaltén iban decreciendo.

Luego de traspasar el bosque entramos en una zona más descampada con arbustos achaparrados por donde corría el arroyo del Salto. Al estar en un área abierta teníamos una visión casi 360º del cielo… era muy curioso que cuando mirábamos hacia adelante estaba todo nuboso –digno de una película de terror-, pero cuando mirábamos hacia atrás, el cielo estaba celeste y casi despejado.



Aun había poca gente en la senda; a esta altura la mayoría de los que cruzábamos estaban regresando. Apostaría que habían pasado la noche del 31 en Poincenot, un área boscosa de acampe a la que llegamos luego de pasar por el cartel que indicaba el kilometro 8. Cuando pasamos había varias carpas armadas; muchos recién estaban comenzando el día.



Sin intenciones de invadir la privacidad de los que ahí estaban, seguimos caminando sin detenernos. Salimos del bosque encontrándonos con uno de los márgenes del río Blanco, totalmente cubierto de piedras de color gris-blanco que contribuyen a dar el color al río por el cual recibe su nombre.



Cruzamos el lecho de agua por un pequeño puente de madera por el que podía pasar una sola persona a la vez. Del otro lado, la senda se internaba otra vez en un bosque donde un cartel anunciaba que se venía el kilómetro más complicado por la pendiente del mismo! Tengan en cuenta que el tiempo estimado de recorrido era de 60 minutos…



A pesar de que no se veía el Fitz Roy seguimos adelante. Los primeros metros, mientras duró la arboleda, si bien eran en sentido ascendente fueron relativamente tranquilos. El tema se complicó cuando el terreno se hizo de piedras y con muy escasa vegetación. Más allá de la pendiente y el pedregullo, la ausencia de árboles que nos protegieran del viento complicaba aún más la situación.



Los últimos metros, sin duda los más duros, eran por la ladera de la morrena frontal; la piedras, algunas grandes y otras más pequeñas, estaban bastante flojas y el viento era muy intenso, tuvimos que avanzar con mucho cuidado para no resbalarnos y caer. Y cuando pensábamos que la situación no se podía complicar más… comenzó a garuar!!!

Sin importar las adversidades llegamos enteros!!! En la cima el viento era aún más fuerte y hacía frío!!! Varias personas ya se nos habían adelantado y estaban ahí sentadas entre las piedras que dominaban el paisaje. Mientras nos poníamos las camperas que teníamos “por las dudas” en las mochilas buscamos algún lugar libre junto a alguna piedra que nos protegiera un poco mientras descansábamos y contemplábamos el “no paisaje”. Desde ahí se veía la laguna de los Tres rodeada por pequeñas elevaciones, y una gran nube por detrás que ocultaba a los famosos cerros que todos queríamos ver. Lo poco que se lograba divisar de la base del Fitz Roy daba una idea del tamaño de esa gran mole de pétrea… De no haber estado nublado, lo hubiésemos visto a una distancia mucho menor de la que había imaginado.

Se supone que ahí está el Cerro Fitz Roy...

El tiempo estaba tan desapacible que apenas sacamos algunas fotos, y emprendimos el regreso cuando deje de sentir los dedos de las manos; durante un largo rato estuvieron entumecidos y estimo que blancos -no me animé a sacarme los guantes para ver qué sucedía-. Llegué a temer por el futuro de mis deditos y hasta pensar cómo iba a tipear en la computadora si perdía alguno.

Tal como había temido en la subida, el descenso no fue menos fácil; en general me suele resultar más difícil bajar que subir, sobre en todo en terrenos como ese con muchas piedras sueltas. Creo que nos tomó igual o más tiempo que subir. Más allá de la dificultad que representaba el pedregullo flojo, el viento, la garúa y la falta de sensibilidad en las manos, había un aflujo casi contante de personas que venían por el mismo sendero angosto en sentido contrario… 



Un buen rato después estábamos nuevamente en el bosquecito, lo que nos dio cierta tranquilidad. Habíamos superado el trayecto más complicado del camino; estábamos agradecidos que la lluvia se hubiese mantenido apenas como una garua… una lluvia más intensa hubiesen hecho de esa bajada un infierno!!!

En la zona boscosa la situación mejoró ya que estábamos parcialmente resguardados de la garua y el viento. Los dedos fueron recuperando vida y hasta nos dimos el lujo de parar unos minutos a hidratarnos.

Cuando llegamos a la orilla del río Blanco Seba recordó que en su visita anterior había tomado desde ahí un sendero que iba bordeando el río hasta la desembocadura de la laguna Piedras Blancas, y posteriormente se desviaba hacia la laguna y el glaciar del mismo nombre . En esa oportunidad había ido caminando hasta un punto en que había grandes piedras sin ninguna señalización; pensó que había llegado a destino. Un tiempito después hablando con una amiga descubrió que había que apenas había que traspasar esas rocas para llegar a la laguna… Desde ese momento esa senda había quedado como una asignatura pendiente.

A pesar de haber ido prestando atención no habíamos encontrado ningún cartel que indicara la presencia de un sendero que fuese en esa dirección. Justo antes del cruce del río divisamos una senda sin ningún tipo de cartel cuya entrada estaba bloqueada con un tronco atravesado, parecía haber sido colocado ahí a propósito.

Tras preguntarnos “avanzamos un poco?”, y haciendo caso omiso al tronco que indicaba un claro “no avanzar”, pasamos por encima del mismo y decidimos explorar algunos un poco sendero. Unos metros más adelante nos topamos con un cartel de guardaparques que claramente indicaba que no se podía avanzar por ser zona peligrosa, cosa que no amedrentó a Seba. Se burló de mi cara y decidió que podía seguir adelante.


En pocos metros la senda terminaba en el río junto a la desembocadura de un pequeño arroyo. Varias piedras de por medio en el lecho del río el sendero continuaba. Con bastante cuidado lo cruzamos, y tras caminar algunos metros más descubrimos que otra vez la senda desaparecía… parecía que varios sectores del sendero se habían derrumbado. Ahí me puse firme, dí por terminada la “aventura” y emprendimos el regreso. Si bien lo sentimos como una “gran travesía” apenas habíamos avanzado algunos pares de cientos de metros. 

Ya sin lluvia, cruzamos el río pero esta vez en lugar de tomar el sendero que iba hacia el pueblo, tomamos el desvío que pasaba por el mirador “Piedras blancas” y terminaba unos cuantos kilómetros más adelante en la Estancia del Pilar. Este path, paralelo al río, discurría por el interior de un bosque; al no ser de los más populares había poca gente y pudimos disfrutar de un rato de tranquilidad y silencio, escuchando apenas los sonidos del bosque. Justamente la ausencia de bullicio nos permitió detectar el característico golpeteo de otro pájaro carpintero, identificando un ejemplar macho en lo alto de un tronco. Felices!!!

Disculpen la calidad de la foto, fue lo mejor que logramos a contraluz.

Cuando llegamos al mirador decidimos hacer una parada para tomar unos mates con una espectacular vista del río, las piedras (el gran obstáculo de Seba) y por detrás de estas la laguna con un gran glaciar de fondo. Al rato se nos unió una pareja de franceses y posteriormente una de coreanos.

Laguna y glaciar Piedras Blancas

Luego de recuperar algo de energía, emprendimos el regreso. Cuando estábamos caminando los 2 km que nos separaban del sendero del Fitz Roy comenzó a garuar nuevamente. Había sectores con nubes oscuras –parecíamos la Pantera Rosa con una nube sobre la cabeza-, y un hermoso cielo celeste totalmente despejado en la zona del pueblo. Al menos esta vez estábamos caminando hacia el lado que estaba lindo! Fue una caminata en la que no nos cansamos de ponernos y sacarnos ropa; tuvimos sol, lluvia, viento, frío y calor.



En esa oportunidad fuimos por el desvío de laguna Capri encontrándonos en el camino con el cartel que indicaba el kilómetro 4 que no habíamos visto a la ida. Sorprendentemente el sector parecía tener un microclima especial con solcito, sin lluvia aunque sí algo de viento. No estaba tan lindo como la tarde anterior pero si mucho mejor que el tiempo feo que habíamos gran parte del día, así que aprovechamos para sentarnos un rato en una de las piedras a la orilla de la laguna a descansar.

Escala de azules-grises en el cielo

Cuando nos cansamos del viento seguimos caminando, llegando en menos de 45 minutos al pueblo completamente agotados!!! Reservamos una mesa para las 20 horas en Patagonicus, y volvimos al hostel a bañarnos y ponernos presentables. A pesar de la hora teníamos hambre y sueño. 

Como jubilados a las 20 horas ya estábamos sentados en una de las mesitas de ese restaurante/ pizzería cosmopolita –cuando llegamos todos los comensales hablaban cualquier idioma menos castellano-. A medida que fue haciendo más tarde el público se fue renovando apareciendo algunos vecinos de la zona.

Iniciamos la comida con una cerveza negra artesanal con la etiqueta de “Patagonicus” -que al leerla en detalle descubrimos que estaba hecha en El Bolsón- y maní. Seguimos con una pizza mitad muzzarella y mitad fugazzeta con queso y un agua. Y para terminar... en lugar de comer postre nos fuimos directo a dormir!!! El cansancio superó las ganas que teníamos de probar unas deliciosas porciones de torta que vimos pasar.


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