sábado, 18 de junio de 2016

Descubriendo San Isidro

By Sole

27 de febrero 2016

Cómo resolver el conflicto entre los limitados días de vacaciones en el trabajo y las ganas de viajar? Si bien aún no tengo la respuesta, una solución inmediata fue aprovechar los fines de semana para visitar las atracciones turísticas de Buenos Aires y alrededores.
El destino elegido en esta oportunidad fue San Isidro.

Aprovechando el hermoso día despejado de verano fuimos a tomar el tren a la estación “Belgrano R” del Mitre. Tras esperar menos de 10 minutos comenzó el viaje! Hacía tanto que no tomaba un tren que había olvidado la experiencia del constante desfile de vendedores ambulantes, artistas y mendigos. Lo que me sacó un poco de contexto fue el aire acondicionado y la presencia de extranjeros que hablaban inglés, una situación totalmente nueva y que no esperaba.

Nuñez, Rivadavia, Vicente López, Olivos, La Lucila, Martínez, Acassuso y finalmente San Isidro. Al salir de la estación fuimos hacia la derecha por la avenida Belgrano encontrándonos con un área comercial. Al ser el sábado del último fin de semana previo al inicio de clases había bastante gente con niños comprando útiles escolares y calzados; muchas parejas, sobretodo entradas en años ajenas a las responsabilidades de los padres con niños en edad escolar, ocupaban su tiempo tomando café y leyendo el diario en las mesas exteriores de los bares.

Siguiendo por Belgrano terminamos en el casco histórico de San Isidro donde aún sobreviven varias casas coloniales centenarias. La primera que llamó nuestra atención fue la quinta La porteña. Sinceramente, su bello jardín con plantitas y un aljibe de mármol nos cautivó; fue inevitable el comentario “qué lindo sentarse acá un atardecer de verano”. Cuando leímos la placa que estaba en la entrada descubrimos que en ese lugar había vivido Luis Vernet, quien fuera gobernador de las islas Malvinas en 1829.

Encantador patio de La Porteña

Efectivamente habíamos llegado al paseo de los Tres Ombúes, el sector del casco histórico donde está La Porteña, la quinta Los Naranjos y la famosa Quinta Los Ombúes donde vivió Mariquita Sánchez de Thompson.

Al final de la calle se encuentra uno de los miradores de la barranca desde donde se logra divisar el río a lo lejos. Pese a ser un lugar público donde debe pasar bastante gente estaba impecable en total sinfonía con los alrededores. En ese momento un hombre paseaba a sus perros, y una pareja de extranjeros en un bike tour escuchaba atentamente las explicaciones de su guía.

Cuando giramos en la calle Béccar Varela, dándole la espalda al río, divisamos a unos cientos metros la torre de la catedral. En ese corto recorrido pasamos junto a la Quinta Los Ombúes donde actualmente está el museo “Dr. Horacio Béccar Varela”. Apenas pudimos pispear los jardines que se veían a través de las rejas perimetrales ya que en ese momento se encontraba cerrado; nos quedamos con las ganas de visitarlo… viéndolo desde una perspectiva positiva nos quedó algo pendiente que tal vez nos haga regresar en el futuro a San Isidro.

Los Ombúes

Esquivamos un vecino de treinta y algo de años de la zona que con gran orgullo mostraba a sus allegados su nueva "nave espacial" –aunque lamentaba que no fuese roja porque era uno de los colores que faltaban en su gran historial de colores de autos-; gente como uno! Sin dudas el auto estaba divino independientemente del color.

Tras esta distracción levantamos la vista y ahí estaba, imponente, la catedral de estilo neogótico con su torre principal de más de 65 metros. A pesar de haber sido inaugurada en 1898, al menos el exterior estaba en perfecto estado de conservación como si hubiese sido construida la semana pasada. Si bien no entramos, las fotos que he visto del interior no desentonan con la belleza exterior.

La catedral

Frente a la iglesia identificamos a la plaza Mitre, mejor conocida como la plaza de San Isidro. Al ser sábado tuvimos la oportunidad de recorrer la feria de artesanos que se instala ahí cada fin de semana. Seba estaba en la gloria!!! En lo que se refiere a feria de este tipo tenemos los roles invertidos, él es el que insiste en ir, y yo la que le digo “terminaste de mirar? Vamos? Vas a seguir comprando?” ;-)

Tengo que reconocer que últimamente he ido abriendo un poco más mi cabeza y cada tanto encuentro cosas que me resultan atractivas, no lo sufro el paseo como en la niñez. Nuestra primera parada fue en un puesto “Fragancias mineral” que vendía esencias en forma de difusores, perfumes y sprays para aromatizar ropa y ambientes. Tras oler casi todos los difusores que estaban en exposición elegimos un par de los que más nos gustaron. Seguimos con uno de remeras estampadas “Sublimadas …y algo más”, que incluían algunas con coloridos mandalas a un precio muy conveniente. Enseguida agregué una remera a todo lo que ya tenía en la cartera. Terminamos el recorrido comprando cuatro barras de cereal artesanales y sacándole el dato del ingrediente secreto que nos faltaba para que las barras solidifiquen cuando uno las hace en casa… aún tengo que hacer la prueba para confirmar que la información sea cierta.

Plaza Mitre

Siguiendo las recomendaciones de algunas páginas de Internet fuimos hasta “el centro comercial” de la estación del tren de la Costa. No sabemos si era por el día o el horario, pero nos pareció que el lugar estaba bastante muerto y descuidado. Tal vez el hecho que el gran café que da a la calle estuviese de vacaciones con sus ventanales tapados con papel madera ayudaba a crear esa imagen. Un tanto decepcionados seguimos caminando hasta Primera Junta tomando esta calle en dirección al río. Cruzamos las vías y luego de andar varias cuadras, donde había un par de locales que vendían kayaks, divisamos una dársena del río con varios veleros amarrados. Luego de observar los alrededores decidimos dar media vuelta y regresar; el lugar no se veía muy seguro.

Ya era el mediodía y el hambre se hacía notar… sin haber sido tentados por ninguno de los restaurantes que cruzamos en el camino regresamos a la zona más céntrica donde terminamos haciendo una breve parada de almuerzo en el bar “La bicicleta”. Optamos por dos de los tres platos del día, aunque un poco pequeña la porción estuvieron aceptables considerando que se trataba de un bar.

Nos había quedado para el final lo que habíamos ido a ver a San Isidro: Villa Ocampo. Caminamos un par de cuadras hasta encontrar la Av del Libertador y por ahí fuimos caminando hasta la calle Uriburu. Lejos de lo que uno esperaría de Libertador, la imagen de la calle era más parecida a una descripción de Gabriel García Márquez de una tarde en Macondo que al de una de las principales avenidas de la zona. Calle desierta, con calor, sin una mísera ráfaga de viento donde uno sólo podía encontrar un mínimo de alivio en la escasa sombra de los árboles de las veredas.

Cuando giramos en Uriburu, bordeamos parte de la manzana hasta encontrar la entrada de la villa sobre la calle Elortondo. A pocos metros de la entrada había una chica sentada frente a una mesita que informaba sobre las actividades del lugar y vendía los bonos contribución de $45. Eran las 14:15 hs, nos informó que la siguiente visita guiada era a las 15 hs, pero que mientras tanto podíamos recorrer la planta baja de la casa y los jardines, obviamente sin pisar el césped.

Guiados por un folleto que nos entregaron en la entrada fuimos identificando los distintos sectores del jardín: el sector romántico con sus ombúes y una estatua de mármol, el lawn donde antiguamente estaba la cancha de tenis y ahora hay un par de ginkgos, y la “pelouse afrancesada” con su fuente de hierro fundido, los gansos que caminaban por el pasto y hasta un templete. Mientras íbamos avanzando comenzamos a oír bastante bullicio y niños gritando, inmediatamente recordamos que el lugar contaba con un restaurante y confitería.

Villa Ocampo

A las 15 hs nos juntamos en la entrada principal de la casa con el grupo que se había ido formando, y Román, nuestro guía.
Voy a hacer una breve reseña de la interesante historia que nos contó. Victoria Ocampo fue la primogénita de las seis hijas que tuvieron Ramona Aguirre y Manuel Ocampo, el ingeniero que estuvo a cargo de la construcción de la casa que estábamos visitando. La propiedad que inicialmente perteneció a Francisca Ocampo, la tía abuela y madrina de Victoria, fue un lugar donde la familia frecuentaba pasar los veranos.

En 1912, a los 22 años, Victoria se casó en un intento de librarse de la rigidez del padre. Tras una larga luna de miel por Europa de casi dos años, vuelve desencantada de su marido quien resultó ser tan estructurado y convencional como su familia. La pareja se separó pero para guardar las apariencias convivieron en el mismo edificio, aunque en distinto piso.
Victoria no era una chica fácil de manejar, fue una gran transgresora para la época siendo pionera en varios aspectos; fue la primera mujer en obtener una licencia de conducir, utilizaba pantalones cuando lo habitual era que las mujeres usaran polleras, fumaba en público y hasta bailaba tango. Totalmente desubicada en una sociedad machista y conservadora! 

Cuando falleció la tía Pancha, Victoria heredó en 1930 la hectárea del terrero que albergaba la casa; el resto de la propiedad que era básicamente parque quedó en manos de otros familiares que con el tiempo fueron vendiéndola. Sin dudas la mejor parte se la llevó la ahijada de la difunta. Inicialmente su uso continuó siendo el de casa de fin de semana.

En las décadas del veinte y treinta, con ayuda de los más renombrados arquitectos de la época (con los que la señora se codeaba) diseñó y construyó las dos primeras casas modernas de la Argentina, una en Palermo y otras en Mar del Plata.

Al principio de la década del cuarenta, se mudó a Villa Ocampo. Una vez más sus acciones fueron controvertidas cuando decidió remodelar la casa, sacando varias de las arañas que colgaban de los techos (en la actualidad solo quedan dos), despojando las paredes de los tapizados victorianos y pintando todo el interior del edificio de blanco. Dentro del mobiliario, conservó parte de los muebles originales, que combinó con otros de su elección que tenía en sus viviendas previas.

Además de su labor como escritora, dejó un legado fundamental a la cultura argentina con la creación de la revista Sur, la cual impulsó la difusión de obras de prominentes escritores de la época y promoción de actividades culturales. Justamente Villa Ocampo fue un lugar frecuente de reunión de personalidades de las distintas ramas de las artes. Si esas paredes hablaran…

A medida que nos iba contando la historia de la casa y de su habitante más famosa fuimos recorriendo los distintos ambientes, incluyendo el comedor donde tenían lugar los “tés” que reunían a personajes ilustres tanto nacionales como extranjeros, la sala de música donde resalta el piano de cola, el escritorio y dormitorio en suite de Victoria, y la biblioteca. Sin dudas esta última fue la que más llamó mi atención por la gran cantidad de libros tanto en castellano, francés como inglés, idiomas que Victoria dominaba a la perfección. Si nos remontamos a más de medio centenar de años atrás es fácil imaginar que si uno quería leer determinados autores u obras debía hacerlo en el idioma original; no era tan frecuente encontrar ediciones en español.

Balcón terraza en el primer piso. DIVINO!!!

Varios años antes de morir decidió donar Villa Ocampo y Villa Victoria, la casa de verano de Mar del Plata, a la UNESCO con la condición de que fuesen usadas en la promoción de actividades culturales.

Recluida en Villa Ocampo luego de una larga agonía producto de un cáncer en la boca que la había aquejado durante los últimos años, Victoria termina muriendo el 27 de enero de 1979.

En 2003 la acción conjunta de la UNESCO, el estado argentino, la municipalidad de San Isidro, la Asociación de Amigos de Villa Ocampo, patrocinadores y donantes permitió la restauración de la casa y el inicio de las actividades del lugar entre las que se incluyen las visitas guiadas que estábamos realizando. Realmente una experiencia muy interesante y enriquecedora, totalmente recomendable.


Tras casi una hora de recorrido por el interior de la casa, emprendimos el camino de regreso. Con todas las cuadras que habíamos caminado para llegar a este lugar, nos encontrábamos más cerca de la estación de Beccar, hacia la que fuimos a tomar el tren para volver a Buenos Aires.


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