domingo, 6 de julio de 2014

Katmandú: De Thamel a la plaza Durbar

18 de febrero

A las 7 horas ya estábamos arriba! Hicimos un desayuno sin excesos - té, tostadas, muffins y frutas- y salimos. Brrr, qué frío que hacía!!! Ya estaba extrañando los 40ºC que habíamos dejado en Buenos Aires…

Guía Lonely Planet en mano, fuimos siguiendo el recorrido “Del sur de Thamel a la plaza Durbar”. En la zona de Thamel la mayoría de los locales aún estaban cerrados y casi no se veían turistas. Los únicos que daban vida al lugar eran los niños que iban abrigados al colegio y los habitantes del lugar que comenzaban con sus quehaceres cotidianos. Nos metimos en un callejón estrecho de suelo de tierra y desembocamos en la stupa de Kathesimbhu. Este término puede resultar raro para los que no estén familiarizados con la arquitectura o la religión; justamente las estupas son monumentos budistas que tradicionalmente guardan una reliquia y fueron construidos siguiendo una compleja simbología.

Aunque sea una perfecta ignorante del budismo, no pude dejar de admirar esa construcción con los ojos de Buda que miraban desde lo alto y las coloridas banderas de oración que flameaban con el viento elevando las plegarias a los dioses. Todas las stupas que vimos tenían una especie de magnetismo especial que impide que uno pase a su lado sin prestarles atención.

Una de las stupas más pequeña y sencilla que vimos

Seguimos nuestro paseo por una sucesión de calles angostas plagadas de estatuas, edificaciones con tallados en sus puertas, ventanas o paredes y santuarios con varios siglos de antigüedad. Todas estas cosas que uno esperaría encontrar dentro de un museo forman parte del día a día de los nepaleses; no es de extrañar que haya una persona apoyada sobre una estatua del siglo IX.

Nos cruzamos con una hilera de consultorios de dentistas, que si bien parecían abiertos estaban completamente vacíos.


Te arreglo la carie???
Los que sí estaban concurridos eran los santuarios donde algunos repetían mantras con sus “rosarios” en la mano, o hacían ofrendas de flores o aplicaban tinturas sobre las imágenes de sus deidades.



A medida que nos fuimos acercando a la zona de mercados fue aumentando la cantidad de gente. Un laberinto de calles nos condujo hacia Asan Tole donde estaba instalado un mercado callejero de frutas, verduras, legumbres, flores y especias que tenía el encanto de lo auténtico y tradicional. Éramos simplemente espectadores de una escena cotidiana en la que hombres y mujeres se desenvolvían ajenos a nuestra mirada curiosa.
Creo que me quedo corta con las palabras a la hora de describir este lugar.

Mercado callejero
Cuando nos parábamos en alguna esquina para mirar la guía y ver hacia donde teníamos que ir, cada tanto se nos acercaban personas a ofrecernos su ayuda. Parecía simplemente gente desinteresada (no impresionaba que buscasen dinero a cambio) que quería ayudar.

Continuamos por Asan Tole, la calle comercial, donde aun los negocios estaban cerrados y en los frentes de los mismos había instalados vendedores de todos tipos de productos; los que más me llamaron la atención fueron los de pescados deshidratados y las “carnicerías”. Estas últimas eran puertas abiertas en las que había una mesa con un trozo de carne y colgando de la pared la cabeza de una cabra. Mi interpretación, que creo que no está muy errada, es que los trozos de animal que estaban sobre la mesada pertenecían al pobre animal decapitado. Ideal para el que está en la duda de hacerse vegetariano o seguir comiendo carne…

veg or non-veg?
Unas cuadras, un atajo para evitar una calle bloqueada por 2 autos que iban en sentido contrario, unas cuadras más y finalmente llegamos a Durbar Square. Esta plaza consistía en un complejo de edificios y templos que acompañaban al palacio real. En su época de esplendor, competía con los pueblos vecinos de Patán y Baktaphur para ver cual tenía las mejores construcciones.


Durbar Square de Katmandú
Para circular por cualquier de estas tres plazas los extranjeros teníamos que pagar una entrada. Pagamos 750 rúpias nepalíes (RpN) y con la constancia fuimos a una oficina para hacer un carnet que nos permitiera circular libremente por el lugar durante toda nuestra estadía. Presentamos una foto carnet, pasaporte con visa, comprobante de pago y en menos de 5 minutos teníamos nuestros pases válidos por el mismo tiempo que la visa.
Junto a este lugar estaban los baños y el “patio” donde jugaban niños que uniforme que parecían están en el recreo del colegio.

No voy a describir un por uno los templos porque esto se haría aburridísimo y está muy bien explicado en cualquier guía turística. Sólo voy a mencionar lo que nos llamó la atención de este lugar que estaba atestado de gente, motos, rickshaws y taxis –fue la plaza peor conservada y caótica de las que visitamos.

Uno de los tantos edificios a los que entramos fue la casa de la Kumari. Ustedes se preguntarán quién es la Kumari? Es una niña escogida para ser la diosa viviente de la ciudad; cuando llega a la pubertad pasa a ser una simple mortal más. Los no hindúes sólo podemos visitar el patio interior del edificio y sacarle fotos, siempre y cuando la pequeña no esté presente.

Exterior de la casa de la Kurami.

Desde el patio de la casa de la Kumari.
Cuando estábamos por entrar al museo del palacio divisamos un tour de turistas que caminaban detrás del guía que llevaba una bandera argentina… nos mantuvimos en silencio mientras pasaban comentando que Norma estaban descompuesta. No teníamos ganas de sociabilizar con ningún co-patriota.

Junto al Hanuman Dhoka, la estatua del dios mono que lleva un vestido rojo y una sombrilla está la entrada al museo. Dejamos en los lockers la mochila con la cámara (estaba prohibido su ingreso al lugar) e ingresamos. Sinceramente nos pareció bastante aburrido: muchas fotos y algunos objetos personales pertenecientes a diferentes reyes. Tal vez lo único interesante del museo era el acceso a una torre de 9 pisos a la que se podía ascender si uno tenía ganas de realizar algo de esfuerzo.

Varios de los templos vecinos tenían escalinatas en la que había bastante gente sentada - la mayoría lugareños- y en sus tirantes de madera del techo tenían tallas eróticas de lo más creativas. Quieren ver?




Suficiente Durbar Square para esa mañana. Negociamos el precio de un taxi para ir hasta Patán. El precio del taxista partió en 500 RpN, “too expensive”; se interpuso en el regateo el chofer de un ciclo-rickshaw que ofreció llevarnos por 250 RpN… Rechazamos la oferta de ambos y seguimos caminando; el rickshaw nos siguió varios metros a pesar de que le dejamos bien claro que queríamos un taxi y no su vehículo. Creo que de haber aceptado ir con ese hombre, aún no hubiésemos llegado a Patán.

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