domingo, 7 de mayo de 2017

La ciudad de los dioses: Teotihuacán



Aprovechando el fin de semana que tenía libre en Ciudad de México, me propuse hacer un daytrip prácticamente imprescindible, que es la visita a las pirámides de Teotihuacán.

Bajo un cielo nuevamente nublado, salí bien temprano del hotel para llegar en metro a la estación Autobuses del Norte. Siendo un domingo por la mañana, para mi sorpresa el metro tenía mucha gente.

Sin muchos problemas y tras algunas combinaciones, llegué a la terminal de micros. Allí, cerca de la sala 8 (a la izquierda de la puerta de ingreso) hay un pequeño stand que vende los pasajes ida y vuelta. A mí me costaron 92 pesos, aunque un local me dijo que es lo que le cobran a los turistas, que a los locales les sale un poco menos…

Esperé unos 15 minutos hasta abordar el micro. Había varias filas que iban subiendo a los micros sin mucho criterio. En desgracia me tocó uno sucio y destartalado, con asientos rotos o mojados, que luego de un par de paradas intermedias se llenó de gente, un 90% locales. Aparentemente esta gente no tenía sus facultades térmicas a tope, porque estaban abrigados con camperas y cerraron las ventanillas, a pesar que el micro era un horno, y salía cada vez más calor del motor a medida que aceleraba…

El viaje fue tortuoso pero no muy largo; en poco más de una hora ya estábamos en la puerta 1 del complejo. Luego me di cuenta que otra línea de buses más confortables llega a la puerta 2, tras un breve paso por el pueblo de San Juan Teotihuacán… parece ser que si uno pide el ticket a las pirámides, te mandan en el bus caro y destartalado, pero si pedís al pueblo, vas en el más cómodo.

A unos pocos metros de donde estaciona el micro estaban las boleterías. El ticket salió 65 pesos mexicanos; es más barato para estudiantes o jóvenes, de hecho unos adolescentes mexicanos los dejaron pasar sin pagar. No te dan ningún folleto sobre el lugar, o contratas un guía, o le sacas una foto al mapita del lugar y te vas guiando sólo, con el celular y tu libro de viajes.

Mapita orientativo

Teotihuacán es el nombre que los mexicas o aztecas le dieron a esta ciudad; en su lengua (náhuatl) significa algo así como “ciudad de los dioses”. Cuando los aztecas vieron estas fantásticas pirámides, la ciudad que se emplazaba alrededor de ellas ya estaba prácticamente abandonada, ya que el período de apogeo había sido varios siglos antes, alrededor del año 700 DC. A pesar de ellos, dedujeron por la imponencia de sus edificios que había sido un lugar sagrado, por eso lo bautizaron de esa forma. Así que se desconoce el nombre original de la ciudad, aunque se saben muchas cosas de ella, como que llegó a albergar a más de 100.000 personas, siendo para su época la ciudad más poblada de América y una de las más grandes del mundo.

El eje norte-sur es la principal “avenida” de la ciudad, y se la conoce como calzada de los Muertos. Está cercada por edificaciones menores, y desemboca en la segunda mayor pirámide del complejo, la pirámide de la Luna. Luego de avanzar cientos de metros, nos empezamos a acercar a la gigantesca pirámide del Sol, que está emplazada unos metros al este del eje de la calzada.

Pirámide del sol

Sus dimensiones son impresionantes: cada lado tiene más de 200 metros en la base, y se eleva 65 metros. Comparada con la pirámide de Giza en Egipto, la base es muy similar, aunque alcanza menor altura ya que la pendiente no es tan pronunciada. La reconstrucción efectuada de apuro a principios del siglo XX (para celebrar el Centenario de la Independencia) parece haber cometido algunos errores importantes, ya que no sigue las técnicas de construcción originales, y según algunos arqueólogos no respeta la cantidad de niveles (se cree que eran cuatro, y ahora hay cinco).

Gente subiendo a  Pirámide del sol

Hay escaleras para subir hasta la cima, y al ser domingo el lugar estaba atestado de gente. Por un lado está bueno subir, a pesar que es bastante cansador, porque las vistas son excelentes. Por otro lado, la marea humana le quita un poco de encanto, lo deja sucio y lejano de lo que debió ser su aspecto original.

Luego de recorrer los cuatro lados de la cuarta plataforma (un placer los lados norte, este y sur, casi sin gente), bajé las escalinatas del lado oeste en medio de la muchedumbre y seguí camino a la pirámide de la Luna. Al estar al final de la calzada -rodeada de edificios que en su momento fueron templos, plazas, y residencias de los sacerdotes- , es mucho más fotogénica que la del Sol, no obstante ser algo más baja. A esto se suma el hecho que sólo se puede subir hasta el primer nivel, lo que contamina menos las imágenes.

Pirámide de la luna desde la calzada de los muertos

Desde lo alto se aprecia el complejo en toda su extensión, siempre con la pirámide del Sol omnipresente. Luego de un descanso y una colación para reponer energías, fui volviendo sobre mis pasos tomando muchas fotos, porque la resolana ya se había transformado en sol pleno y la luz hacía ver las ruinas de otra forma. Hablando de ruinas, es curioso ver como la parte remodelada (mejor dicho reconstruida) es la que mira hacia la calzada de los Muertos: la “espalda” de los edificios está sin reconstruir, y no es más que un montículo de piedras amorfo. Pero para ver eso hay que alejarse unos metros del camino principal, lo que poca gente hace. 

Pirámide del sol y otros edificios desde el primer nivel de la Pirámide de la luna

Ya era cerca del mediodía, había visto todo lo que quería y había tomado muchas fotos. La gente seguía ingresando al lugar, en su mayoría familias con niños y algunos pequeños grupos de extranjeros. Para mi sorpresa, no me crucé con ningún tour chino! Pero no importó, los locales los reemplazaban con sus gritos, risotadas y fotos en las poses más tontas. Había más edificios para ver, pero todos muy similares. También había un museo algo alejado, pero con mi visita previa al Museo Antropológico de CDMX creo que ya estaba más que satisfecho.

Algo que me quedó grabado del lugar fue la increíble cantidad de vendedores de cachivaches. Por suerte no eran pesados, y vendía algunas cosas curiosas: unos silbatitos o flautitas con motivos étnicos cuyo sonido hipnotizante inundaba el lugar; unas cabezas de jaguar de las que salía un gruñido o rugido al soplar; y muchas imágenes y réplicas de esculturas, incluida la piedra del sol o calendario azteca, algo que tiene muy poco que ver con Teotihuacán porque es propio de una civilización que floreció varios siglos después de la caída en desgracia de esta ciudad.

Justo al oeste de la pirámide del Sol está la puerta 2, que vendría a ser la principal. Hay varios puestos de artesanías y souvenirs, y ya afuera del complejo puestitos de comida y bebida. Luego de preguntar identifiqué el lugar donde paraba al bus, y a los pocos minutos llegó: cómodo, con aire acondicionado, y al mismo precio que el de la ida. Así que recuerden, es el bus Teotihuacán (muy ocurrente el nombre) y son todos blancos con un dibujito de la serpiente emplumada en el costado, y van a la puerta 2 previo paso por el pueblo de San Juan.


En menos de una hora ya estaba en Indios Verdes, una de las estaciones cabecera del metro. Así que si salen temprano por la mañana, Teotihuacán es un paseo que lleva no más de cinco horas (a menos que sean fanáticos de la arqueología y la historia prehispánica), lo que les permite volver a almorzar algo rico en el DF para luego seguir disfrutando de la tarde.

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