martes, 24 de junio de 2014

Chau India...Hola Nepal!!!

By Sole con colaboración de Seba

17 de febrero

Desayunamos con Coca y a las 9:30 hs salimos con Rajesh hacia el aeropuerto. A esta altura del viaje ya había ganado confianza y estaba más hablador de lo habitual. Quiso saber hacia donde íbamos y nos contó que una vez había conducido hasta Katmandú y estado unos días ahí.

Esta vez conocimos otro sector del moderno aeropuerto. Tras despachar el equipaje tuvimos que pasar por un control de seguridad bastante estricto. Por un lado pasábamos las mujeres y por otro los hombres; el arco detector de metales era seguido del cacheo, que para el sexo femenino era realizado por otra mujer en un cubículo con cortina como puerta. Ya el hecho de ver con la violencia que la empleada abría y cerraba la cortina generaba estrés.

Aeropuerto Indira Gandhi (New Delhi)

Ya en el sector de embarque aprovechamos parte del tiempo para dar una vuelta por el freeshop. Además de bebidas alcohólicas y una gran variedad de chocolates, vendían tés y otros souvenirs indios a precios exorbitantes. Para que se den una idea la cajita de té de madera que habíamos pagado 100 Rp estaba a 700 Rp.

También hubo tiempo para tomar un capuccino en Starbucks. El payaso de Seba respondió que se llamaba “Raúl” cuando le preguntaron el nombre. Terminamos tomando un café sorprendentemente bueno (considerando lo poco que me gustaron los cafés con leche de la India) a nombre de “Rahul”.

Mr Rahul

La espera se prolongó más de lo esperado; de hecho salimos con 40 minutos de retraso. En la sala de embarque ya se presentía el destino del vuelo. Por un lado, las facciones de los pasajeros eran bastante diferentes a las de los indios, la tez era un poco más clara y los ojos más achinados. Y por el otro lado, había varios hombres con los ojos un poco más achinados aún vistiendo túnicas color bordó: monjes! Estos últimos me sorprendieron bastante; yo tenía la idea de que un monje era una persona que se dedicaba a la religión y como parte de sus hábitos estaba el abandono de todos bienes materiales innecesarios, los lujos y los vicios. Error!!! Además de las túnicas tenían camperas y zapatillas North Face (de muy buen aspecto), iPad, iPhones y libros cuyos nombres incluían “passion” y “love” y no creo que hicieran referencia a la pasión o amor de Buda. O yo tenía una idea errada o se han ido adaptando a los tiempos actuales aceptando la influencia de los avances tecnológicos y el mundo capitalista.

Monjes pro

Entre empujones de nepalíes apurados embarcamos en el avión de Air India. No era casualidad que nuestros asientos estuvieran del lado izquierdo del avión donde iban a aparecer los Himalayas. A Seba no se le escapan esos detalles… apuesto a que antes de viajar había visto videos de vuelos entre India y Nepal.


El viaje fue bastante corto -apenas duró 1:10 hs- tiempo que fue suficiente para sacar una docena de fotos del cordón montañoso a través de la ventanilla (algunos picos son tan altos que se llevan a divisar a lo lejos a los miles de metros a los que vuela el avión), planificar las actividades del resto del día y almorzar. Por lo breve del viaje y la compañía que habíamos elegido a lo sumo esperábamos un pequeño tentempié, pero nos equivocamos! Seba escogió una comida non-veg y yo una veg… Fui agraciada con un puré de garbanzos, arroz especiado pero no picante (sólo reconocí las semillas de comino), palak paneer (espinaca con queso cottage) y una tarta de banana de postre. Seba recibió un plato con arroz con trocitos de pollo en una salsa también especiada, pero bastante picante. El almuerzo indio de despedida de la India fue muy bueno!!!


Himalayas... cuándo te volveremos a ver???

Cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos aterrizando. A la llegada teníamos que sacar la visa, un trámite que por lo que habíamos leído era muy rápido… salvo que al mismo tiempo aterrizara un gran Boeing con más de 300 coreanos!!! Adivinen quien dijo “soy un desgraciado!!!”??? jajaja. Qué mala suerte!!!

Llenamos el formulario e hicimos una fila de más de media hora para abonar los U$S 25 que costaba la autorización para ingresar y permanecer en el país. Luego otra fila  para que nos pegaran el comprobante en el pasaporte. En medio de este trámite recibí varios mochilazos de grupos de mujeres alborotadas.

Tras una hora y algo estábamos en la salida buscando nuestro nombre en algún cartel. El taxi que habíamos contratado a través del hotel nos llevó hacia la ciudad. Era un pequeño Suzuki Maruti blanco, que había tenido mejores épocas, donde apenas cabíamos con las valijas. Pronto descubrimos que todos los taxis de Katmandú eran iguales; en lo único que se diferenciaban era en la cantidad de polvo que tenían en el interior y los ruidos que iban haciendo.

Una vez más nos encontrábamos con un tránsito bastante caótico: autos, bicicletas, motos y algunos rickshwas, muy pocas veredas, gente caminando por la calle y casi ningún semáforo; en las esquinas principales por lo menos tenían agentes de tránsito que intentaban poner algo de orden. Estábamos en un valle por el que circulaban una gran cantidad de vehículos decrépitos que iban tirando sus humos tóxicos, la polución ambiental era inevitable. Mocos e irritación de garganta asegurada!!! Gran parte de los transeúntes, los motociclistas y los hombres que dirigían el tránsito usaban barbijos de tela!!!

Cruzamos el río Basmati, que estaba bastante bajo, y vislumbramos a lo lejos  Pashupatinath. Varias casas humildes, algunos monos y caminantes completaban el paísaje.
Tras varios atascos y largas esperas para cruzar las intersecciones importantes (en varias estuvimos parados entre 3 y 5 minutos con reloj), llegamos a la turística zona de Thamel. Tampoco había vereda, la pavimentación de la calle era dudosa, y la cantidad de gente caminando era importante. Había negocios por todos lados que junto con algunos hoteles escondidos peleaban para ver cual tenía el cartel más grande.

Thamel

Nuestro hotel estaba al final de un callejón de piso de tierra- barro (con un gran charco de agua que pese a la ausencia de lluvia no se secó durante toda la estadía) a unos 100 metros de distancia de una de las calles principales. Había varios callejones de similares características en los que se ubicaban algunos hoteles que por estar más escondidos eran bastante tranquilos y silenciosos.

Ni bien pusimos un pié en el “Friend’s Home Hotel” apareció el manager que nos recibió con gran calidez. Mientras hacíamos el check in nos ofreció té y café (las infusiones se servían de cortesía durante todo el día). Era evidente que el lugar no era viejo, de hecho tenía sólo 2 años, todo estaba bien cuidado y tenía aspecto de nuevo.

Nos dieron una habitación en el 2º piso por escalera; todos los hoteles que habíamos averiguado en Katmandú eran de 4 o 5 pisos por escalera. El cuarto era grande, tenía 2 camas con una ventana con vista a la calle, y un más que necesario equipo de aire acondicionado frío/ calor. Lo más importante era su función de “calor”; cuando llegamos, pasadas 17 hs, hacía 12ºC y la temperatura iba a seguir descendiendo hacia la noche.

Todos los planes que habíamos hecho previamente para ese día quedaron truncados. Entre el retraso del avión y la hora perdida en el aeropuerto, faltaba poco para que anocheciera. Así que aprovechamos los pocos minutos de sol que nos quedaban y salimos a dar una vuelta por el barrio. Abundaban los negocios que vendían ropa outdoor trucha (la mayoría de bastante mala calidad), artesanías (incluyendo banderas y ruedas de oración, estatuitas de Buda y Ganesh, elefantes, etc), ropa típica, pashminas, mantas de Yak, libros, mapas, tés y jabones. También había un par de supermercados donde se aprovisionan los mochileros que se hospedan en hostels y los que paran en Katmandú para seguir viaje hacia los Himalayas; las frutas secas, enlatados, chocolates, snacks, galletas, arroz y pastas predominaban en el que entramos.

Volvimos al hotel con maní, castañas, papas fritas y galletitas! Para completar la picada nos encontramos con un “vino tinto” de cortesía por parte del hotel. Lo que nos dieron como vino era una bebida alcohólica, tal vez a base de uva y bastante dulzona, algo que podríamos llamar wine-like.

Esa noche fuimos a comer a Gaia, por recomendación de otros amigos que habían estado ahí las semanas previas. El lugar era muy ameno, con luz tenue proveniente de velas y algunos faroles, pero tenía un pequeño problemita: la mayoría de las mesas –por no decir todas- eran exteriores y la temperatura continuaba en descenso. Nos sentamos en un rincón, sin sacarnos ni una prenda, y pedimos un salteado de pollo (obviamente con especias) que venía con ensalada y 2 chapatis, y espinaca con paneer, hongos y papa asada. 

Brrr, qué frío que tenía!!!! Dimos una pequeña vuelta, lo suficientemente corta para no congelarnos en el camino. Muchos de los negocios continuaban abiertos, a lo que se sumaban un par de puterios subterráneos. La noche era aún joven para algunos… pero no para nosotros.

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